Entrar al trapo

Estaba pensando (mal) sobre los cuarenta millones de gilipollas que habían visionado y discutido sobre el famoso clip del traje que cambia de color, cuando caí en que yo mismo era de uno de ellos y además reincidente. “Regardé la gilipolluá”, que hubieran dicho Tip y Coll. Después de haber entretenido al personal durante años con vídeos de graciosos gatitos, bebés superdotados o artistas descoyuntados, con caídas morrocotudas y accidentes de lo más simpático, he aquí el test definitivo para mostrar la insoportable necedad del ser y la capacidad de manipulación de unos medios que carga el diablo, pues solo a un espíritu del mal puede habérsele ocurrido esta artimaña perversa. Todo por un traje, mejor dicho, un trozo de tela (ni siquiera vimos a la modelo que nos daba la espalda en una burla más) un retal insignificante, un trapo que han agitado ante nuestros ojos para que embistamos y nos crezcamos ante el castigo cual manada de rumiantes.

¿Quién se beneficiará del experimento? ¿Qué habrán ideado como siguiente paso para confirmar la idiotización universal? Mucho me temo que dentro de unos meses estemos discutiendo sobre un ornitorrinco huérfano, un contorsionista malayo, o un adolescente yanqui que sabe mover las orejas al ritmo del “hip hop”. ¿Qué nos quieren vender ahora que ya saben que compraremos lo que sea? El tema del trapillo ha suscitado sesudos debates y puesto a prueba la erudición de los tertulianos. El señor Beaumont, por ejemplo, habitual de las tertulias de La Sexta desde el banco de la derecha, pudo citar a gusto a don Ramón de Campoamor: “En este mundo traidor, nada es verdad ni mentira, todo es según el color del cristal con que se mira”. Acabáramos, por fin una explicación sensata y definitiva de este dilema que ha concitado a los cerebros más dilectos del país alrededor de un trozo de tela que ni siquiera es una bandera aunque se haya convertido en un símbolo.

Entre las hipótesis más disparatadas que he escuchado como un gilipollas más, hay una que me parece especialmente perturbadora y que debería ser investigada rigurosamente por el equipo de Cuarto Milenio. Sostiene que todo es un trampantojo diseñado por el ala dura de la Conferencia Episcopal Española para poner a prueba nuestra credulidad. La asignatura de religión (católica, por supuesto) del nuevo plan de enseñanza está plagada de enigmas y dilemas que no se pueden resolver sin el concurso de la Fe que mueve montañas y desafía cualquier tipo de raciocinio. Uno de los objetivos de esta catequesis con rango de asignatura propone entre otras filigranas que los alumnos comprendan el origen divino del Cosmos despreciando las torticeras teorías de la evolución que se explican en las clases de ciencias. Comprender la esencia del misterio para aprobar Religión, y todo lo contrario para superar las pruebas de ciencias, es, desde luego, un desafío para cualquier mente en formación. Para completar el adoctrinamiento propongo que introduzcan en las clases de matemáticas el tema de la divinidad. Pongamos por ejemplo el misterio de la Santísima Trinidad, reduciéndolo a mera aritmética: no hay dios sin tres. Si dios son tres, dios y dios son seis y al que Dios se la dé, San Pedro se la bendiga.