¡Oh, no! ¡Me gusta un reality!

La noche del domingo se está convirtiendo en la noche del reality. Abrió fuego la semana pasada LaSexta con De Patitas en la Calle, le siguió Pekín Express en Cuatro (y los casting de Circus) y la semana que viene llegará a Telecinco Gran Hermano 10 o, como le llamamos cuando queremos audiencia, Gran Hermano X. ¿Quién dijo que el latín no atrae a las masas?

Mientras no se me acumulen las series por ver, me quedo con Pekín Express. Anoche lo puse para descansar un rato de los adolescentes de LaSexta, que me sientan peor que decir “ni consola ni consolo”. Con De Patitas en la Calle he descubierto que hay un señor mayor que vive dentro de mí y me asusta.

Más me asustó descubrir que me estaba gustando Pekín Express. Me esperaba una especie de Supervivientes por la estepa rusa, pero es otra cosa. Esto lo digo para reconciliarme con el hecho de que me guste un reality. O docu-show, como lo llama Ruth (no me engañas: le cambias el nombre porque tú también te sientes mal).

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Me pareció que estaba contemplando una aventura de verdad, dentro de los escasos márgenes que deja un programa de televisión. Está bien combinado el ritmo y la tensión de la carrera con los aspectos más humanos de los concursantes. En ello ha sido fundamental el verdadero protagonista del programa de anoche: el pueblo ruso. Alucinante cómo unos campesinos pobres deciden abrir su casa a un par de go-gos desconocidas que no hablan ni una palabra de su idioma.

A base de musiquitas, cámaras lentas y demás trucos, también han conseguido que haya “buenos” y “malos”. Con tantos participantes no se puede dedicar mucho tiempo a cada pareja y hay que buscar la identificación con los personajes de alguna forma. Yo voy con la colombiana y su jefe y contra la madre y el hijo chorizo. Chaval, que te está grabando una cámara. Si el programa no fuera grabado te ibas a enterar de lo que es la policía rusa. Y en casa hacemos apuestas de cuánto tardarán en violar a las pechugonas que van luciendo escote para hacer autoestop. Nos dejamos llevar por los estereotipos, qué más puedo decir.

El momento surrealista de la noche fue al final, cuando tras expulsar a la pareja más lenta en la primera etapa, Paula Vázquez explicó que cada semana habrá un sobre lacrado para los expulsados. Si contiene una tarjeta roja, se van a su casa. Pero si es verde, se quedan en la carrera. O dicho de otra forma: “aquí sólo se va quien yo diga”, por obra y gracia de la dirección del programa.

Sí, esto significa que me quedé hasta el final del programa. Ya lo he dicho. “¿Estás viendo esto para criticarlo en el blog?”, me preguntaron. “Eeeeh, sí claro”, fue la aguda respuesta que cabía esperar de un tipo como yo. “¿Significa esto que también vas a ver la primera gala de Gran Hermano?”.

Las mujeres saben dar dónde más duele.