¡Me gusta la misma serie que a mis padres!

Antes, hablar con mis padres suponía un intercambio de información metereológica. Algo así como una calibración de los hombres del tiempo: “Pues aquí está cayendo una… ¿Y por allí? ¿Llueve? ¿Tenéis frío? La isobara de los 1012 milibares pasa por vuestra casa, ¿no?”. Cualquier dato que se desviara lo más mínimo de las previsiones de Jose Antonio Maldonado culminaba con crueles maldiciones hacia su malhadada profesión.

Desde que se retiró el meteorólogo, mis padres han descubierto un nuevo enemigo: los programadores de televisión. Sólo que como no tienen muy clara esa figura, la personifican en mí y me culpan de cada pifia de la parrilla. Yo, que soy muy sentido, me lo echo todo encima y rebusco en el palimpsesto cualquier resquicio de salvación para esos profesionales que, en el fondo, también son mis archienemigos.

El último valor seguro con el que les he camelado es Doctor Mateo, que se preestrena el sábado en la web y este domingo en el prime time. Si no lo sabían, es que han desintonizado Antena 3 de su receptor, porque en Antena 3 lo anuncian más que si hubieran pillado a Paquirrín matriculándose en la Universidad.

Antes de que afilen los cuchillos: sí, es una adaptación de Doc Martin, la serie inglesa. Me encanta el motivo del cambio de título: temián que recordara al doctor Nachete de Médico de familia. La comparan con House porque sale un médico borde. También podrían compararla con Becker, Hospital Central o Star Trek, ya puestos. En realidad, tiene mucho más de Doctor en Alaska (¿Cicely? Fleishman debería haber pasado por un pueblo asturiano para saber lo que es bueno) o de Everwood. Porque el punto de partida es un cirujano de altos vuelos que vuelve a la aldea de los veranos de su infancia para adaptarse a una nueva función de médico rural.

Tuve la oportunidad de ver el primer capítulo y se la puedo recomendar sin dejar por ello de mirarme al espejo durante un mes. Pero no sólo a mis padres: a todos. Los guiones, sin estar en el vértice de la escala evolutiva de la narración, me parecen muy inteligentes. Son capaces de interesar a un amplio abanico de público sin necesidad de llamar imbécil a un alto porcentaje del mismo. Se nota que están cuidados, vaya, que no han hecho a los guionistas un contrato de becarios. Llámenme loco, pero sospecho que incluso les hayan podido hacer uno de verdad.

La producción también rezuma mimo y profesionalidad. Toda una apuesta por airear la ficción, tan pegada a los decorados de interiores normalmente. Así no extraña que las series españolas tengan a veces ese punto anquilosado y naftalínico. Quizá también por eso que la Duquesa de Alba tiene tanto éxito en la tele. Al contrario, aquí se pegaron un par de meses grabando en Asturias y se nota. ¡Esas cuestas no pueden recrearse en plató! Ni esa luz, tan de allí y tan bien recogida por Jose Luis Alcaine.

 

Doctor Mateo

Bueno, que también hay decorados. Mí me encantaría que Buenafuente tuviera uno así. 

El esfuerzo se nota desde el minuto uno. La cabecera es un gran acierto. Esta última temporada se nota el esfuerzo en este apartado desde todas las cadenas. Cuando los que sirven y los que engullimos empezamos a fijarnos en estos detalles de gourmet, es que vamos por el buen camino.

Pero sobre todo el experimento funciona por sus actores. Gonzalo de Castro, Natalia Verbeke, Alex O’Dogherty, Rosario Pardo… todos están dónde tienen que estar y ni un milímetro fuera de sitio. Y cuando tienes un gran elenco defendiendo unos personajes bien dibujados… corto aquí, porque me dan ganas de poner algo como “tienes una serie americana”. Asco me doy, oiga.

Así con todo, con mis padres es un valor seguro porque se ha rodado en el pueblo de al lado del nuestro. Y la van a ver para decir que los de Lastres no son así.

Si Natalia Verbeke viviera allí, yo no hubiera dejado de ir a los coches de choque en San Roque. A la cucaña y todo que me hubiera apuntado.