De Chuck Norris a Steven Seagal

Después de esta semana me trasladan a Cultura, pero fijo. Antes de empezar, a los que han entrado buscando más gresca después del post sobre el asunto de Hermann Tertsch se chinchan, que esta vez va del patadero de verdad. Pero ya que están aquí, aprovecho para decirles que me han decepcionado por el bajo nivel de los comentarios. Todavía me estoy pensando borrarlos todos y que paguen justos por pecadores. Qué vergüenza.

O también puedo decidir que creo que alguien ha cometido un delito y llamar a Steven Seagal. Si estuviéramos en Lousiana lo haría. Porque allí es legal que el jefe Ryback suelte capones. Y ese es el punto: el actor con menos registros que Nicholas Cage (lo que le sitúa en valores negativos) es, desde hace dos décadas, policía en el condado de Jefferson. Técnicamente es “Reserve Deputy Chief Sheriff”, que si no lo he entendido mal, significa que además es el que manda en su equipo. Como si aquí te haces guardia civil y te toca de jefe Antonio Resines. Por poner de ejemplo un héroe de acción del cine español.

Todo esto se lo cuento porque es la trama de un reality que ha arrasado en su estreno en Estados Unidos: Steven Seagal: Lawman. Se lo imaginan, ¿no? Unas cuantas cámaras, un par de coches de policía y un repartidor de galletas de Hollywood metido a policía como protagonista absoluto. Sólo tengo un adjetivo: brutal.

Con Lawman descubrimos varias cosas. La primera es que Dwight Schrute está basado en hechos reales. Me tragué los dos primeros capítulos de la serie y no podía dejar de pensar en él (nada romántico, entiéndanme):

Si no han visto The Office, pierden el tiempo leyendo este blog. Si la han visto… probablemente también

Hay tantas frases de Steve en sólo dos capítulos que no sabría por dónde empezar. Quizá por ese momento en que da clases de defensa personal a unos cadetes bajo el lema: podéis pensar “que guay, es Steven Seagal, cómo mola” o podéis tomároslo en serio y pensar: “Steven Seagal puede salvar mi vida”. Entre eso y aplicar el aikido para enseñarle a un policía que es como el jefe Wiggum a disparar, no necesito más.

Viendo este reality también aprendí que los medios españoles son unos aficionados en cuanto al respeto de la presunción de inocencia. Locutores y sobreimpresiones recuerdan este derecho constitucional mientras congelan la imagen de un detenido por presunto consumo de drogas y posesión de armas. Como diciendo: “esta escoria tiene derecho a que no le llamemos culpable hasta que nos deje un jurado”. Ay, Ana Rosa, cuánto te queda para ser como Steven Seagal.

También queda patente la paranoia de los americanos. La mayor preocupación del protagonista es que haya armas circulando que puedan servir para matar agentes de policía. “Eeeeh, bueno, sí o a personas inocentes”. Y lo malo es que parece ser verdad. A lo mejor todo está muy trucado, pero en un par de capítulos (en formato de media hora), somos testigos de hasta tres intervenciones en las que hay involucrada algún arma de fuego.

Conclusión: una serie que da qué pensar y genera algunas de las mejores situaciones de comedia que he visto en mucho tiempo. ¡Mucho mejor que Los hombres de Paco! Esas declaraciones a cámara pueden estar a la altura de The Office y le dan mil vueltas a Parks and recreation. Sólo que esas son ficción y Lawman no. Porque si todo fuera falso, lo notaríamos. ¿Cómo? Pero si ya les he dicho que el protagonista es Steven Seagal, por el amor de Stanislavski.