Dioxter

Este post iba a ser sobre la nueva parrilla de TVE. Pero como diría Debra Morgan: “fuck it twice on sunday”. Y me niego a traducir tan excelsa cota en la lengua de Shakespeare, una variante de la mejor frase oída este año en televisión. Aviso de que voy a soltar la madre de todos los spoilers (y a alguno de sus hijitos), así que léanme bajo su propia responsabilidad.

Acaba de terminar en Estados Unidos la cuarta temporada de Dexter, con un capítulo que se ha convertido en lo más visto en la historia de su cadena Showtime y que nos ha dejado a todos ojipláticos, mandibulicolgantes, patidifusos, derramacafédicos y caquisueltos.

Hay poco que añadir a asuntos como producción, interpretación y demás asuntos más o menos técnicos. Dexter sigue siendo una serie impecable desde esa cabecera que vemos religiosamente una y otra vez (y van como mínimo unas cincuenta). Son cuestiones que suponen casi una conditio sine qua non cuando hablamos de productos de canales de cable americanos. La historia te puede atrapar o no, pero nunca será el envoltorio lo que te permita escapar.

En cuanto a la historia, me quito el sombrero, el cuero cabelludo, el cráneo e incluso un poquito de materia encefálica ante el equipo encargado del guión de esta serie. Allá por octubre, nos pareció que la cuarta temporada iba flojita; manteniendo el nivel, elevado de por sí, pero sin crecer exponencialmente como nos tiene acostumbrados. Lo mejor era el humor negro, habitual, pero potenciado hasta rozar la autoparodia. Por lo demás, había un nuevo asesino en serie y los malabares de Dexter para seguir siendo un tipo “normal” que le permita actuar como sociópata de buen rollo por las noches. Nada que no conozca cualquier espectador habitual de Telemadrid. O de otra cadena. Cómo son ustedes de malmeter, ¿eh?

Pero Dexter no es una serie normal. Donde Los Soprano jugaba a componer una pequeña película cada semana, aquí encontramos un todo enorme repartido en doce entregas. Los escritores nos engañan con tramas episódicas mientras hacen algo poco habitual en estos días de fast-food audiovisual: lo que los guionistas llaman sembrar. Sembrar consiste en respetar al espectador, en marcar el camino que van a seguir las tramas para que sea un desarrollo lógico. Lo contrario es El código Da Vinci: esto pasa así porque me acabo de dar cuenta de que tiene que ser de esta forma para poder dar el siguiente paso y si no te lo crees, mala suerte.

Dexter no resalta la admiración que le provoca el asesino de la Trinidad para que veamos que está loco. Ya sabemos que es un sociópata, pero los guionistas necesitan sembrar una idea que con el tiempo cristalizará en que su primera reacción cuando descubre su identidad no sea matarle. Lo que a su vez le irá complicando la vida progresivamente hasta el final de la temporada.

Los detalles del mustang de Arthur Mitchell empiezan a aparecer como en el capítulo siete. Parece que se encaminan a los sucesos del noveno, pero en realidad están conduciendo directamente a la resolución final de la trama del asesino de la Trinidad en el último episodio.

Todo, todo, todo, absolutamente todo lo que ocurre a lo largo de la temporada converge en el frenético duodécimo capítulo. Tres cuartos de hora pegado al sillón con una tensión que no sentía desde que Mayra dejó el Un, dos, tres. Gracias a que un equipo de guionistas ha tenido la cara dura de dedicar once entregas a preparar uno de los mejores episodios de una serie de televisión que se han visto en los últimos años.

No sólo eso: van más allá (como Iker Jiménez). Puestos a sembrar, han ido plantando una incipiente enemistad entre Dexter y el detective Quinn y están preparando algo gordo con Debra desde la tercera temporada, cuando le hicieron ver que Harry no era tan ideal como ella creía. Ya me lo echarán en cara, pero estoy convencido de que el descubrimiento de la verdadera identidad de su hermano no se acaba con ese “jódete, te quiero”. Tendrá recorrido el próximo año, ya verán.

Con todo, nos han hecho una trampa gordísima. Sembraron durante varios capítulos el problema del apartamento de Dexter para que acabara en manos de Debra y pensáramos que Arthur se había equivocado y que la familia del protagonista estaba a salvo. Nos escamotearon algo de información y nos despistaron con grandes dosis de suspense para cambiar la baraja en el último momento con la muerte de Rita. Que por otra parte, venía sembrándose toda la temporada con la relación de la pareja. No importa. El golpe de efecto es tan potente, deja tan sin aliento, que lo entendemos y se lo perdonamos.

Tramposos. Ahora tenemos unas semillitas de lo que pasará el año que viene. Y queremos que Dexter las riegue ya.

Con sangre, claro.