Guía breve de franquismo para marcianos

Acabo de conocer a un marciano. A mí no me miren, son cosas de vivir en el extrarradio. El pobrecillo llegó anoche y nada más aterrizar se puso la tele a ver si se le pasaba el jet lag. Que es como pedirte un gin-tonic para que se te pase la borrachera.

Me contaba esta mañana que estuvo viendo una serie larguísima sobre un tal Adolfo Suárez. Aquí me corté de comentarle que el capítulo que emitió el miércoles Antena 3 fue más corto que el de una serie regular como Los protegidos. Criaturica.

La conclusión que sacó es que el protagonista era una especie de galán de cine que todo lo hacía bien, sobre todo cuando había alguien que le enchufaba, porque en realidad no tuvo que enfrentarse a ningún conflicto. “Normal”, me decía el marciano. “La historia transcurre en un mundo idílico. Fíjate que el mayor problema que tiene el gobernante, un abuelete muy simpático, por cierto, es que no hay carreteras en un sitio que se llama Segovia. ¿Este Francisco Franco tiene algo que ver con un tal Frodo?”.

Da la impresión de que las teles se montan las miniseries históricas como los suplementos dominicales se montan esas sesiones de fotos que consisten en disfrazar a actores de aquí en estrellas de Hollywood. El morbo consiste en ver a Ginés García Millán repeinado y fumando y a Fernando Cayo haciendo de rey. Una buena ambientación, una producción correcta y música de esa de “mira qué trascendente e histórico es todo”. Muy bonito el envoltorio, pero ¿hay chicha dentro? ¿Alguien dijo iPad? Me pareció oir, cosas mías.

Mira que hay un conflicto gordo en los últimos años del franquismo y el arranque de la Transición. Pues nada, oiga: el Adolfo Suárez de Antena 3 se pasea por allí pidiéndole a algún padrinín que le enchufe en un cargo chachi para seguir medrando mientras él sólo se ocupa de ser adorable con todo el mundo. Con lo hagiográfico que es el tono, yo no sé si se habrán dado cuenta de que han convertido a Suárez en el furby del tardofranquismo.

Hay un intento de hacer de Suárez una especie de Jed Bartlett, el presidente de El ala oeste. Sobre todo por el carisma que pretenden que desprenda y por el momento de la servilleta con el príncipe. Mis conocimientos sobre historia no dan para saber si esto ocurrió así. Luego llamo a Victoria Prego y le consulto.

El problema es que mientras el inquilino ficticio de la Casa Blanca se enfrenta a terribles conflictos y dilemas morales y políticos, aquí el amigo Suárez tira miguitas de pan. Y cuando parece que va a llegar a un momento crucial o algún enfrentamiento político, ¡zas! Le dan al fastforward en la narración como si fuera una porno.

Al final, todo acaba como un ejercicio estético que se deja ver porque no molesta ni a unos ni a otros, pero que ni genera fascinación por el personaje ni por el tiempo vivido. Sobre todo cuando el punto álgido de la tensión narrativa es el 23-F. Tejero no convencía como monstruo de la última pantalla ni en 1982, imagínense ahora.

Y que si van a insistir, ya podían por lo menos usar a los mismos actores, que yo a Armada ya me lo imagino con la facha de Juan Luis Galiardo, así no hay quien se aclare.