Todo es posible

‘Streaptease’ espiritual

Los autobuses, últimamente, hablan mucho de Dios. No es por iniciativa propia, sino porque pagan bien los anuncios. Su conducta es impecable desde el punto de vista deontológico: cobran lo mismo por un eslogan ateo que por otro confesional. La tarifa está en función del tiempo y del espacio. La empresa que contrata la publicidad se frota las manos, pues el impacto de la campaña ha sido espectacular, así que probablemente irán pasando por taquilla el resto de confesiones religiosas, sectas y demás asociaciones interesadas en proclamar o negar la existencia de Dios. Cada cual es libre de desnudar su espíritu ante los demás, pero los que suelen complicar las cosas son los intermediarios entre el cielo y la tierra, esos clérigos que, no conformes con rendir culto a la divinidad o a la vacuidad, quieren a toda costa hacer prosélitos.
Me parece un asunto muy grandilocuente para comprimirlo en un reclamo publicitario. Deberíamos ser más humildes en nuestras pretensiones y admitir que no hay argumento capaz de defender su existencia o lo contrario. Los científicos afirman que las neuronas sólo son un conjunto de leyes físicas y fórmulas químicas. Severo Ochoa, Nobel de Medicina en 1959, a pesar de proclamarse ateo, tuvo la honestidad de admitir su duda existencial: "He dedicado todo el esfuerzo de mi trabajo científico a investigar el fundamento de la vida y a estas alturas no sé ni por qué, ni para qué existe". No podemos evitar ese impulso que nos lleva a preguntar: ¿las creencias espirituales sólo son variaciones de moléculas? ¿Por qué según se agrupen las partículas en el cerebro unas veces incitan a construir el Taj Mahal y otras al bombardeo despiadado sobre el territorio de Gaza? ¿Por qué la fatalidad suele ensañarse casi siempre con los mismos? Ni la ciencia, ni la religión pueden sacarnos de dudas.