Opinion · Tomar partido

Tenemos que echarlos del fútbol

Miguel Urbán

Pablo G. Perpinyà
Miembro Círculo Podemos Pozuelo de Alarcón e hincha del Atlético de Madrid

El domingo 30 de Noviembre Francisco Javier Romero Taboada, aficionado del Deportivo de la Coruña, fue asesinado tras una pelea en las inmediaciones del estadio Vicente Calderón. Desde 1982 han fallecido 12 hinchas por la violencia relacionada con el fútbol, de hecho Romero Taboada es la segunda víctima del Frente Atlético tras Aitor Zabaleta, asesinado en 1998.

La infiltración de los grupos de extrema derecha en el mundo del fútbol data de mediados de la década de los ochenta, cuando Bases Autónomas, en un intento de conectar con colectivos juveniles de extracción obrera, llevaron su actividad política por primera vez a los estadios de fútbol. De esta forma captaron a las hinchadas radicales de los principales equipos madrileños, Ultra Sur y Frente Atlético, donde formaron una importante cantera de militantes, siendo también el primer grupo que popularizo la estética bonehead de tendencia neonazi en el estado español. La mayoría de los análisis aparecidos en la prensa sobre este tema centran el objetivo sobre las acciones de ciertos grupos radicales que asocian si matiz alguno al fenómeno, popularizado en los noventa, de las tribus urbanas.

Tras el fallecimiento del seguidor del Deportivo las reacciones institucionales no se han hecho esperar, a cada cual más esperpéntica. De la “condena enérgica” del Atlético de Madrid, a la “enérgica repulsa de Cristina Cifuentes, pasando por el “compromiso contra todo tipo de violencia” por parte de la Asociación de la Prensa Deportiva. Frases para la hemeroteca que flotan en un mar nauseabundo de hipocresía ante la falta de medidas y políticas concretas para erradicar a los grupos de ultra derecha de los campos de fútbol.

Ciertamente la violencia es un problema, pero su génesis está lejos del fútbol en tanto deporte y en tanto espectáculo de masas. Haríamos mal en identificar el síntoma con la enfermedad. Es obvio que en torno al fútbol existe violencia, pero no es una aportación original de este deporte ni del movimiento social que lo rodea.

Desde algunos sectores se ha orquestado una campaña de denostación sobre los seguidores y aficionados al fútbol, deslizando la idea de que se trata de personas con un bajo nivel cultural propensos a las peleas. La estigmatización del seguidor que llena el estadio cada domingo y que se siente parte de un grupo deportivo con el que comparte unos valores, tiene un componente de crítica de clase que haríamos mal en obviarlo. Algo parecido ha ocurrido durante mucho tiempo en el Reino Unido respecto a los “hooligans”.

El problema pasa por considerar lo ocurrido el domingo exclusivamente como un problema de orden público, en el que dos “bandas” se enfrentan violentamente con el pretexto de un partido de fútbol. Este relato podrá servir para abrir programas de sociedad y publicar llamativos titulares, pero no permitirá avanzar en la solución del problema que subyace tras esta tragedia. No son lo mismo los seguidores del Rayo Vallecano “Bukaneros”, que defienden desde sus pancartas en el estadio, los servicios públicos o a vecinas desahuciadas y que la delegada de gobierno Cristina Cifuentes se empeña en criminalizar y perseguir que el Frente Atletico que en 1998 estuvo envuelto en el asesinato de Aitor Zabaleta y que despliega constantes consignas racistas y xenofobas en el estadio.

Los clubes de fútbol no tienen ninguna responsabilidad en lo ocurrido.

Los márgenes del fútbol moderno superan los límites de los estadios. Las direcciones de los principales clubes pueden dar buena cuenta de ello gracias a los cuantiosos ingresos que reciben a través de las televisiones y la publicidad. Políticos y empresarios forman parte también de este entorno del fútbol del que obtienen influencia, relaciones y en última instancia poder. Por ello, cuando hablamos del fútbol y sus problemas no estamos hablando de lo que exclusivamente concierne al terreno de juego, sino del fenómeno de masas en su conjunto.

La relación entre los directivos del fútbol español y los grupos de extrema derecha va más allá del hecho de que compartan asiento en el estadio. El caso del Frente Atlético es ejemplo de esta oscura relación. La familia Gil, que se hizo con más del 90% de las acciones del club de forma poco licita, encontró en este grupo ultra un eficaz aliado contra cualquier tipo de cuestionamiento interno. La fidelidad de la dirección del Frente Atlético, históricamente vinculada a grupos de la extrema derecha madrileña, respecto del polémico Presidente llegó al punto de que parte de sus integrantes participaran en la campaña electoral marbellí, distribuyendo panfletos y pegatinas del GIL antes de los partidos del Atlético.

Son los clubes los que han cobijado durante décadas a los grupos de ultraderecha en sus gradas. Existen innumerables documentos que acreditan esta relación de colaboración entre ambos, sin la cual estos grupos nunca habrían logrado mantenerse en el tiempo, controlar la animación en los estadios y ser un referente político y cultural para una parte de los aficionados. Por todo ello, los clubes de fútbol son responsables directos de su existencia y no pueden eludir su responsabilidad ante hechos tan dramáticos como los del domingo.

Estamos ante un hecho aislado.

No, estamos ante un problema social y político en la que los episodios de violencia concreta no son más que la punta del ice-berg. En el caso del Atlético de Madrid, sus seguidores escuchamos cada domingo por parte de un sector del Frente Atlético consignas anti-migración, apología a la violencia y enaltecimiento del asesinato de personas como Aitor Zabaleta. Así mismo, por decisión del club nos vemos obligados a participar en tifos y mosaicos como el 2009, que bajo el lema “Nuestra lucha. Nuestra gloria”, representaba a un soldado nazi de las SS disparando una MG-42.

El asesinato de Frascisco Javier tiene que suponer un punto de inflexión. Las proclamas contra la violencia y quienes la emplean ni aborda el problema ni sirve para solucionarlo. La RFEF y la LFP deben seguir el ejemplo de otras competiciones en las que, por ejemplo, la emisión de proclamas racistas es motivo de suspensión del partido como así exige la UEFA. Así mismo los estadios tienen que dejar de ser el refugio de quienes profesan estas ideas y actúan sobre el deporte en este sentido, expulsando de los mismos a grupos como el Frente Atlético, Ultra Sur o Brigadas Blanquiazules que hacen del fútbol su coartada para propagar su ideario racista y xenófobo. De esta forma las autoridades políticas y deportivas pueden escurrir una vez mas sus responsabilidades simplemente condenando la violencia de los grupos “radicales” o adoptar de una vez por todas medidas que eviten que esto vuelva a pasar y que los campos de fútbol se conviertan en espacios de enaltecimiento del odio, la xenofobia y el racismo.