Opinion · Tomar partido

La lucha por la dignidad

Seguimos en la lucha. Que el panorama político y social que nos espera este año esté plagado de batallas electorales, no significa que haya desaparecido la necesidad de seguir construyendo una sociedad auto-organizada y activa que contraataque las políticas neoliberales y defienda la dignidad de las personas. Es más, la necesitamos más que nunca. Seguimos en la lucha, contra la miseria y los ataques, dando respuestas colectivas a problemas colectivos. Como las y los trabajadores de Telefónica, que cumplen ya casi 20 días de huelga en la Comunidad de Madrid y una semana en todo el Estado.

Pocos medios se están haciendo eco de este conflicto a pesar de su importancia, en sí misma y por lo representativo del proyecto de país y de la “salida de la crisis” que nos imponen y pretenden vender los de arriba. Estamos hablando de 1.800 trabajadores en Madrid y de más de 30.000 afectados a nivel estatal que ven mermadas sus posibilidades de mantener una vida digna con las nuevas condiciones laborales que se les plantean: aumento de las subcontrataciones y los despidos con ERES, nulas condiciones de seguridad, contratos de dos horas sin cotizaciones, jornadas de 12 a 14 horas para conseguir un salario de 600 euros sin días de descanso asignado, etc.

La semana pasada pude reunirme, junto con Isabel Serra, candidata de Podemos a la Comunidad de Madrid, con tres de estos trabajadores que han decidido plantarse. Los tres forman parte de ese 90% de la plantilla de técnicos de Madrid que llevan ya casi 20 días en huelga. Me transmitieron con firmeza su intención de mantener su protesta de forma indefinida hasta conseguir la retirada de este nuevo contrato porque, según explicaron con claridad y determinación, “no merece la pena trabajar en estas condiciones, es mejor cambiar de gremio”.

Recuerdo cómo hace unos años ser mileurista era sinónimo de precariedad y casi vergüenza en aquel mercado laboral del pelotazo inmobiliario y las gallinas de oro, por mucho que fuese la realidad invisibilizada en la que nos movíamos cientos de miles de trabajadores. Hoy estamos los mismos, con unos cuantos años más y algunas generaciones que se han sumado mientras tanto. Generaciones cada vez más preparadas y que se debaten entre el triángulo suicida del paro, la precariedad y la emigración. Porque hoy, incluso aquella condición de mileurista que tan malograda nos parecía entonces se ha convertido en un horizonte inalcanzable para la mayoría. No nos vamos, nos echan. No por mucho repetirlo se reduce el drama ni el fracaso de quienes nos gobiernan.

Los técnicos de Telefónica no se han plantado para denunciar que sus condiciones se hayan vuelto precarias. Básicamente porque ya lo eran antes. Sino porque el nuevo contrato que les proponen roza la esclavitud, la infamia laboral. Cierto, no son los primeros que lo sufren ni serán los últimos. Son un ejemplo más del cambio de marco que conlleva esa “salida de la crisis” que machaconamente nos repiten desde sus dóciles altavoces mediáticos: el empleo que viene a duras penas podrá considerarse empleo. Inestabilidad, temporalidad, parcialidad, bajos salarios, nula seguridad y nulos derechos asociados.

Lo que desde hace años era un síntoma creciente ahora se vuelve norma. El Derecho Laboral va camino de convertirse en un oxímoron. Salimos de la crisis para entrar de lleno en la Edad del Precariado generalizado. La simple expresión “trabajadores pobres” condensa en sí mismo el proyecto de futuro de las élites y la ruptura definitiva por arriba ya no solo de la paz social, sino del propio pacto social. Si trabajar no nos asegura una vida digna, ¿qué ganamos entonces con ese pacto? No les debemos nada. Nunca elegiremos un mundo, una sociedad en el que ni siquiera con empleo podamos vivir dignamente.

Por eso la huelga de las y los compañeros de Telefónica resulta crucial: no se planta solo contra unas condiciones concretas de una empresa puntual, sino contra la médula espinal del marco laboral y social que nos proponen los de arriba para el próximo periodo. Los ataques que ahora sufren son los mismos que sufrimos todos y todas diariamente. Por eso no basta con defender la creación de empleo de calidad, pelear por unas remuneraciones y condiciones justas y apoyar reivindicaciones específicas. Es imprescindible incluir en el centro de nuestros objetivos medidas que refuercen la vinculación y actividad sindical más allá de sus sujetos clásicos. Necesitamos más auto-organización porque necesitamos impulsar desde abajo un movimiento sindical de masas participativo y democrático para salir de la crisis sin una nueva y mayor derrota. Un movimiento que integre las nuevas y cada vez más comunes realidades laborales.

Precisamente cuando el término mileurista entró de lleno en nuestra gramática, uno de los principales retos que planteábamos era conectar con el trabajo precario. Es evidente que la tarea sigue siendo urgente y cada vez más central. Apoyar movilizaciones como la de los técnicos de Telefónica es un paso más. Un paso que daremos con firmeza, codo con codo. Porque no son solo nuestros compañeros: somos nosotros mismos quienes nos vemos reflejados en su lucha. Nuestro horizonte sigue siendo el mismo: ganar la vida. Y, como decía el inmortal Eduardo Galeano, el horizonte sirve precisamente para eso: para caminar.