Opinion · Tomar partido

Lecciones, peligros y vacunas a diez años del crack financiero

Artículo escrito entre Gonzalo Donaire, miembro de la Secretaría de Europa de Podemos y Miguel Urbán, portavoz de Podemos en el Parlamento Europeo.

 

Este sábado se han cumplido diez años de la quiebra de Lehman Brothers, hito central de la crisis financiera que ya por entonces venía rodada y que desde aquella simbólica fecha no ha hecho más que acelerarse, profundizando algunas dinámicas del tardocapitalismo, especialmente del europeo, sin que la supuesta “recuperación” económica nos haya alejado de sus consecuencias ni de un altamente probable nuevo crack.

Un sistema financiero que no pudo ni supo hacer frente a la caída de un banco, por grande que este fuera, andaba lejos de ser todo lo sólido y estupendo que pretendía. Y qué decir del sistema económico y político que lo jaleaba. Andaba, de hecho, desnudo, como siempre lo han hecho las finanzas y siempre hemos podido comprobar cuando las hemos visto a la luz.

Por un momento pareció que aquella crisis, la que aún vivimos, era diferente: por su intensidad, por su naturaleza, porque a Lehman Brothers se le dejó caer, dejando actuar a ese supuesto libre mercado que nunca funciona para los de arriba, y por todos esos anuncios de refundación del capitalismo que los líderes mundiales se apresuraron a prometer. Pero, de nuevo, todo fue un espejismo: los poderes públicos comenzaron a inyectar dinero en el sector financiero (esto es, en el causante, no en la economía real donde todos vivimos, trabajamos y consumimos, y que ya entonces sufría las consecuencias de la infección), la mano invisible del mercado volvió a ser visible y clonada a la mano pública de siempre ejerciendo de red de seguridad de los de siempre, las consecuencias del crack recayeron sobre quienes no lo habíamos provocado y sus responsables salieron no solo impunes, sino aún más ricos y poderosos.

¿Y hoy? Hoy las supuestas medidas para evitar que todo aquello vuelva a ocurrir son irrisorias, contraproducentes o directamente han desaparecido ante el mantra de la recuperación económica que las haría supuestamente innecesarias. Pero todo apunta a lo contrario, especialmente en Europa, que no solo ha perdido peso en el tablero económico (y no solo) mundial durante esta década, sino que está mucho más expuesta que hace diez años en caso de una nueva crisis. Primero, porque ha sido el paradigma global de la socialización de pérdidas, cargando los balances de bancos centrales e instituciones públicas con activos poco saludables o directamente tóxicos de las entidades financieras privadas, quedándose de esta forma sin apenas margen, en caso de nuevos vaivenes, ya no solo para salir al rescate del sistema bancario, sino incluso para sobrellevar la tormenta con semejante carga tan poco líquida.

Segundo, porque ni siquiera después de años de “rescates” e inyecciones de liquidez el sistema bancario europeo anda cerca de ser robusto. Todo lo contrario. Ahí están las recurrentes quiebras, empezando por la del Popular el año pasado, las dudas persistentes sobre los balances de muchos bancos, cargados como siguen de activos poco fiables, pero sobre todo por el agujero de insolvencias del sistema bancario italiano que nadie quiere destapar por miedo a que el estallido se oiga hasta en la luna o la incógnita sobre la salud real de Deutsche Bank que, por cierto, es más grande de lo que era Lehman Brothers en 2008.

El crack de hace diez años y la gestión de la crisis que aún dura sirvió al menos para que millones de personas vieran al rey de las finanzas desnudo y comprobaran que, contrariamente al dogma liberal que académicos y políticos repiten a diario, en el capitalismo realmente existente el mercado nunca camina solo, sino de la mano visible de unos poderes públicos que no dudan, cuando vienen mal dadas, en a quién sostener y a quién apretar el cinturón de la austeridad. Llevamos años diciendo que el supuesto neoliberalismo era precisamente eso tan poco “liberal” y que la Unión Europea es su mayor experimento. Por eso, aunque asomen indicios de posibles nuevos cracks, nadie en Bruselas y Francfort hace nada, sino todo lo contrario.

¿Para qué si quienes fueron entonces responsables de todo aquello y quienes entonces y ahora les apoyaban y sostenían siguen en su sitio y ganando más incluso que hace diez años? Los grandes capitales financieros europeos y españoles no solo han seguido ganando dinero durante esta década, sino que han acelerado su tasa de beneficio y hoy ganan más que en 2008. Para ellos no ha habido década perdida, sino todo lo contrario. Y desde sus altas torres de cristal les suena a marciano cuando les hablamos de aumento de las desigualdades y la pobreza, de las consecuencias de los recortes y del vacío que deja la austeridad en la convivencia y en la democracia.

Seguirán jugando al Monopoly con la red de seguridad tejida con dinero público a no ser que rompamos la complicidad popular con los mitos y prácticas neoliberales, asumamos que las crisis no son un fallo del sistema sino la impronta del capitalismo y, sobre todo, dirijamos la mirada hacia los de arriba y pongamos el foco en el reparto cuando sintamos en nuestras carnes las consecuencias de los estragos financieros. Esa fue la gran lección y fortaleza del 15M, la que nos vacunó contra los subterfugios xenófobos que hoy crecen por toda Europa. Y más nos vale ir preparando un buen recordatorio de esa vacuna si no queremos que la pandemia nos alcance.