Opinion · Tomar partido

El legado europeo de Merkel

Siempre resulta morboso asistir al paseo de una canciller alemana por Alsacia. Aún más cuando acaban de cumplirse 100 años del final de la Gran Guerra. Y más aún todavía si es una de sus primeras comparecencias públicas después de haber anunciado que no volverá a postularse ni a dirigir su partido ni a gobernar su país. Hoy Angela Merkel visita el pleno del Parlamento Europeo en Estrasburgo como invitada en el debate sobre el futuro de Europa que mensualmente sirve de tribuna y photocall rotativo para dirigentes nacionales de la Unión.

Seguramente escucharemos bonitas palabras mezcladas con advertencias sobre el futuro, en un cóctel trufado de referencias al trabajo hecho y a los desafíos pendientes. Pero, como casi siempre ocurre, lo importante estará en los silencios y en las insinuaciones. Escondidas entre las líneas y los tonos escucharemos recados, si bien, como siempre también, la mayoría quedará fuera de los focos, resguardado en los despachos donde se cuece la política europea de espaldas a las mayorías. Porque por encima de la pompa oficial, Merkel deja tras de sí un legado y, tras su partida, bastantes cosas bien atadas.

Angela Merkel

Más superviviente y gestora que estadista visionaria. Más pragmática que ideóloga. Tan sobria en las ideas como en las formas. Angela Merkel ha sobrevivido 13 años al frente de la Cancillería alemana, 18 liderando la CDU y más de una década impulsando la profundización tecnocrática y ordoliberal de la UE. Las actuales cuitas internas en su partido y con sus socios bávaros de la CSU, y las caídas en las sucesivas elecciones y en los sondeos son procesos que se retroalimentan. Bien es sabido que al calor del poder las tensiones se ablandan, pero que en su escasez anunciada afloran los cuchillos. Hay que alejarse para ver la película completa más allá de los últimos fotogramas.

Porque desde hace años la UE vive el mayor conjunto de crisis múltiples desde su nacimiento. Y Merkel ha sido la dirigente nacional con mayor capacidad de decisión sobre el devenir del proyecto europeo durante los años en los que se han fraguado y agrandado todas esas grietas. Años en los que se ha dedicado a surfear la ola del tsunami de la crisis multidimensional, asegurando las posiciones de los grupos sociales a los que representan y gestionando el terremoto para que no agrietase el palacio de los de siempre.

Pero por eso mismo ha fracasado a la hora de afrontar los verdaderos desafíos de nuestra época. Esos que no requieren de tecnocracia pragmática, sino de liderazgo valiente, luces largas y perspectiva histórica. Aunque tampoco le íbamos a pedir peras al olmo. Sí cabría sin embargo haber exigido algo más que el mero papel de comparsa a sus socios de la Grosse Koalition y pieza fundamental de las contra-reformas antisociales y neoliberales que han asolado Europa durantes las últimas dos décadas: el SPD, caricatura del naufragio electoral e ideológico que viven las organizaciones aún autodenominadas socialdemócratas en el continente.

Las desigualdades crecientes, la lucha contra la pobreza infantil y de la vejez, la escasez de viviendas sociales, el aumento del precio de alquiler y el empleo precario en el país de los minijobs y los contratos por cero horas son todos asuntos encima de la mesa de la actualidad y sondeos en Alemania, pero han contado con la nula atención y dedicación por parte del gobierno Merkel. De su boca hemos escuchado en reiteradas ocasiones palabras de preocupación, pero ninguna medida contundente. En la mezcla de inacción y profundización de las políticas neoliberales que han devastado las condiciones de vida de las clases populares crecen hoy los monstruos de la extrema derecha. Especialmente en las zonas rurales más desindustrializadas, minadas por las deslocalizaciones de empresas y el abandono económico.

En la agenda medioambiental, Alemania, que en su momento fue pionera y hasta modelo global en el impulso de las energías renovables, la salida de la nuclear y la transición energética, está hoy a años luz de cumplir los objetivos de protección climática. La reducción de emisiones de CO2 en al menos un 40% en el horizonte 2020 que sus sucesivos gobiernos habían prometido hace tiempo que quedaron hipotecadas ante las presiones del lobby empresarial, especialmente del potente sector automovilístico y de la industria energética y carbonera. Y en el plano internacional, su ambivalente relación con Rusia (por los intereses económicos por ejemplo en el gasoducto Nord Stream) y Turquía (gran mercados de la industria alemana), alabada por unos y criticada por otros, esconde la posición subalterna en la que ha colocado a Alemania con respecto a los Estados Unidos, concretamente con la actual Administración Trump.

Merkel anuncia que se va, pero deja bastantes cosas bien atadas. Especialmente en lo que respecta al futuro de la UE: el bávaro Manfred Weber, actual portavoz del Grupo Popular en el Parlamento Europeo, fue elegido hace apenas unos días en el congreso del Partido Popular Europeo como candidato a presidir la Comisión Europea durante la próxima legislatura. Habrá que ver si Salmeyr se mantiene como secretario general de la Comisión Europea, esa “mano del rey” de Juncker que gobierna en la sombra de las sombras institucionales comunitarias. Si en las últimas décadas Alemania había peleado por colocar sus piezas en el Banco Central Europeo, ahora el foco está puesto en la futura Comisión post-Juncker. Merkel busca así asegurarse el futuro control alemán de la política económica y del poder ejecutivo comunitario que escapa al casi nulo control que ejerce un Parlamento Europeo donde su Gran Coalición perderá peso tras las próximas elecciones de mayo de 2019. Y para ello está apretando preventivamente las tuercas de la fontanería que rige la real politik de las instituciones europeas.

En fin, es probable que sin su liderazgo tanto dentro de la CDU como en diferido en la cancillería, se precipiten los hechos, las debilidades, las incertidumbres y nuevas elecciones federales. Tan poco probable que ocurra antes de las Europeas como que espere mucho más de esa fecha. Y ahí de nuevo Europa mirará a Alemania. ¿Seguirá la democracia cristiana girando a la derecha, normalizando los discursos y propuestas de la extrema derecha (como la ascendente Alternativa por Alemania, AfD) e incluso planteándose coaliciones con esta como en Austria? ¿Se rehabilitará ese extremo centro del que la Grosse Koalition fue siempre bandera pero que hoy cuenta con cada vez menos mimbres? ¿O veremos por fin tomar forma a un eventual espacio de confluencia entre los restos socialdemócratas del SPD, los ascendentes Verdes y la izquierda de Die Linke para empezar a poner fin a las políticas neoliberales que ha liderado Merkel en su país y en el resto de la UE? Porque Alemania, más que laboratorio europeo, siempre fue centro de investigación de referencia. Así que hoy tocará escuchar a Merkel con gafas europeas y alemanas, separando la pomposa paja del legado y líneas maestras que deja dibujadas a su paso. Porque sin ellas no entenderemos el campo de batalla que tenemos por delante durante los próximos años.