Opinion · Tomar partido

Y Europa entró por Andalucía

Unas elecciones son una foto fija que sintetiza coyunturalmente procesos complejos de largo recorrido. Es difícil analizar unos resultados electorales como los andaluces sin caer en el impresionismo más inmediatista, sin dejarnos toda esa complejidad en el tintero o sin usarlos interesadamente para justificar posiciones de partida o como arma arrojadiza entre unos a otros.

En cualquier proceso político, más aún en un terremoto electoral, no hay un motivo único ni principal. Nunca lo hay. Esta vez tampoco. Algunas voces ponen el foco en el papel de normalización de VOX al que han contribuido los medios de comunicación o el resto de partidos; otra en la ola mundial de ascenso de los nuevos populismos xenófobos y punitivos; otras en el marco atrapalotodo del conflicto territorial; otras en la impotencia de la izquierda y las limitaciones de ciertas estrategias electorales e institucionales; otras en los miedos e incertidumbres de las clases populares y de las clases medias empobrecidas en el contexto de crisis sistémica que vivimos desde hace más de una década. Todas tienen parte de razón. Pero ninguna explica por sí sola casi nada.

Más allá de las causas múltiples y de las consecuencias y lecciones variadas, en la foto que nos arroja el 2D, Andalucía, y con ella el Estado español, se parecen hoy un poco más a Europa: bipartidismo quebrado, extremo centro neoliberal en recomposición, su pata social-liberal hundiéndose, extrema derecha en ascenso, una izquierda impotente y parlamentos resultantes fragmentados. La tendencia viene de lejos en el tiempo y en el espacio. Hoy aquí estamos un poco más cerca de ella.

¿Y por qué no hasta ahora? El 15M y las mareas fueron vacunas, cortafuegos que pusieron el foco de la crisis en el reparto de la riqueza y en los de arriba, en lugar de buscar chivos expiatorios entre los más débiles o en fomentar la guerra de los últimos contra los penúltimos, como sí están haciendo otras fuerzas reaccionarias en Europa. Pero las vacunas necesitan recordatorios para ser útiles.Ahí está buena parte de una clave que es imposible resolver en dos líneas y que requiere un debate crudo, sincero, estratégico y de fondo, que no podemos postergar.

Por otro lado, que hoy Andalucía y con ella el Estado español, ya no sea una excepción europea en lo que a formaciones de extrema derecha en sus instituciones se refiere, no debería hacernos olvidar que ya había muchos parlamentarios de extrema derecha en las instituciones españolas. Antes de este 2 de diciembre, durante todos estos 40 años, cobijados en otros partidos que ya no se reclamaban de esa ideología. Pero, sobre todo, que el ideario xenófobo, autoritario, españolista, machista y homófobo que ahora abandera VOX estaba ya muy presente en la vida pública e institucional española, lo que algunos autores han considerado como una “presencia ausente” de la extrema derecha en este país. Siempre hemos insistido en que  la clave no era solo sacar a Franco del Valle de Cuelgamuros, sino sacar al franquismo de las instituciones. Por eso aquella Transición y el Régimen del que ahora se cumplen 40 años no tuvieron nada de modélicos y sí mucho de que los de siempre y sus prácticas y privilegios “transitaran” de una dictadura a una democracia de baja intensidad sin coste alguno.

¿Y ahora qué hacemos? Frenar el avance del neofascismo y todas sus prácticas, independientemente de las siglas bajo las que se escondan, es una tarea histórica prioritaria. Sin duda. Pero hacerlo bajo el manto frentepopulista de la mano de quienes han creado las condiciones austeritarias para el surgimiento de los monstruos y luego han impulsado y normalizado su ascenso, podría constituir el abrazo del oso definitivo para quienes nos reclamamos alternativa tanto al neoliberalismo del extremo centro como al avance de la extrema derecha. Y esto no es solo una cuestión ideológica o de estrategia general. También supondría un suicidio táctico: cerrar filas acríticamente con los partidos del extremocentro contribuye a dos procesos muy peligrosos: primero, a seguir alimentando las supuestas bondades democráticas y progresistas de quienes han puesto todo de su parte para que hoy estemos así, reforzando de ese modo la trampa binaria que nos obliga a elegir entre populismo xenófobo o un neoliberalismo que se presenta como “progresista” en el reflejo del espejo de la bestia autoritaria. En segundo lugar, abrazarse al extremo centro sin contrapesos le deja en bandeja a VOX el monopolio del voto protesta anti-establishment y la etiqueta tan útil de outsider de un sistema que genera malestares crecientes.

¿Significa esto que, como algunos aseguran, esa orfandad por la izquierda se traducirá en un desplazamiento de votantes a la extrema derecha? No de forma matemática, más bien se puede traducir en lo que ya ocurrió este domingo y poco se está destacando: en un aumento creciente de la abstención de izquierdas. Crucemos datos de votos con niveles de renta y no tengamos pudor alguno en usar todos los calificativos pertinentes para caracterizar a la nueva extrema derecha. Pero analicemos también por qué VOX (o Cs) ilusionan a parte del electorado conservador (el que ya votaba a otros partidos de derechas y el que se abstenía), en qué medida recogen sus aspiraciones y miedos, y hasta qué punto son percibidos como herramientas de protesta electoral desde la derecha. Y hagamos lo mismo para intentar entender por qué ocurre lo contrario hoy con las nuevas formaciones de izquierdas, tan en las antípodas de lo que ocurría hace solo un par de años. O, para ser más justos, qué hemos hecho para dejar se ser esa herramienta de federación del descontento y de la impugnación, de la protesta contra el establishment, de la ilusión de las y los de abajo, y cómo podemos volver a serlo. No caigamos en intentar combatir el miedo con miedo, apelando a los peligros que se avecinan, sino anteponiendo proyectos que ilusionen y recuperen la esperanza de ir más allá de lo posible, que recuperen el espíritu impugnador del 15M y de la huelga feminista del 8M.

No nos equivoquemos de enemigos ni malgastemos ni una gota de saliva en el habitual e infame cainismo. Que no nos quepa ninguna duda de que sin herramientas como Adelante Andalucía el resultado hubiera sido mucho peor. Ahora como decia Spinoza no toca ni reir ni llorar sino comprender. El problema no es el cortafuegos, sino cómo reajustarlo y agrandarlo para que más gente se sienta protegida tras él y lo considere una herramienta útil de transformación social. Porque 300.000 votos son muchos, pero no darían para 12 escaños sin una abstención de más del 40%. Esta crisis multidimensional también es una crisis de representación, de institucionalidad y de legitimidad del poder establecido. La mejor manera de ser antídoto contra la extrema derecha es ser una alternativa real contra el extremo centro. Y ya conocemos ese camino: impugnación ideológica, autonomía estratégica, radicalidad programática y auto-organización popular. Renovemos las vacunas para que no nos tomen las medidas. Estamos a tiempo.