Opinión · Tomar partido

El abrazo de los pueblos frente al populismo de las vallas

El pasado jueves el vicepresidente italiano Matteo Salvini visitaba al primer ministro húngaro Viktor Orbán para fortalecer su particular alianza reaccionaria. Ambos dirigentes viajaron juntos al paso fronterizo de Röszke y posaron junto a la valla plagada de concertinas, reforzando así sus mensajes anti-migración. Una simbólica foto de las políticas xenófobas de cierre de fronteras que abandera el Gobierno húngaro desde que en 2015 levantara un imponente muro con la frontera serbia.

Un muro que el relator especial de las Naciones Unidas sobre los derechos de los inmigrantes, François Crépeau, consideró como dispositivo “populista”. Porque reforzar y volver rígidas las fronteras no reduce el supuesto problema de los flujos migratorios que por allí intentan pasar, pero sí que contribuye a perder el control sobre las mismas y permite ganar terreno y negocio a las mafias que trafican con inmigrantes.

Mientras estos años mirábamos a los EE UU de Trump por su obsesión enfermiza con la construcción del muro fronterizo con México, una especie de “populismo de las vallas” ha recorrido Europa. Primero como elemento de propaganda política inmediata que permite visibilizar el “trabajo” concreto de los gobiernos frente a los “desafíos migratorios”. Y segundo como potente instrumento simbólico a la hora de construir un imaginario de exclusión entre las y los de dentro frente a quienes llegan de fuera: la “comunidad” frente a los “extranjeros”. Un dispositivo tan antiguo como recurrente a lo largo de la historia.

Porque los muros no se construyen solo con cemento y concertinas, sino sobre el miedo al otro, a lo desconocido, contribuyendo a agrandar así la brecha entre ellos y nosotros. La estigmatización de la población migrante ha sido un elemento fundamental para trazar esa frontera entre quienes deben ser protegidos y quienes pueden ser y efectivamente resultan excluidos de cualquier protección. Una coartada sobre la que construir y sostener el consenso sobre el que se asienta y pivota todo el dispositivo de control de fronteras que conforma la actual Europa Fortaleza.

De esta forma, la criminalización de la población migrante no es solo producto de una extrema derecha en auge o de unos cuantos políticos irresponsables, sino que es la consecuencia de una política institucional, de guante blanco, consciente y planificada, que persigue una degradación de la protección jurídica y social del migrante. Porque la Europa Fortaleza se construye sobre vallas, muros y concertinas, pero también se nutre de una masa de trabajadores y trabajadoras precarias, sin derechos y que además son vistos como una amenaza por las clases populares. La guerra entre pobres en un escenario de competencia a la baja. La lucha entre el último y el penúltimo.

Un “no hay suficiente para todos” generalizado, que fomenta mecanismos de exclusión que Habermas definía como característicos de un “chovinismo del bienestar” y que concentran la tensión latente entre el estatuto de ciudadanía y la identidad nacional. De esta forma se consigue que el malestar social y la polarización política provocadas por las políticas de escasez se canalicen a través de su eslabón más débil (el migrante, el extranjero o simplemente el “otro”), eximiendo así a las élites políticas y económicas, responsables reales del expolio. Porque si “no hay para todos”, entonces sobra gente: “no cabemos todos”. La delgada línea que conecta el imaginario de la austeridad con el de la exclusión.

Paralelamente, no deja de incrementar la criminalización de las ONG y de la ayuda humanitaria en general. Los ejemplos son innumerables: Helena Maleno, Proactiva Open Arms, Proemaid, MSF, entre otros. En los despachos de Bruselas hasta se legisla en favor de esta criminalización. De ahí que numerosas ONG­­ hayan pedido la modificación de la Directiva 2002/090/EC por su ambigüedad al definir qué se considera “tráfico de personas”. Una ambigüedad peligrosa, que diferentes Estados Miembro o la propia FRONTEX ya han utilizado varias veces para acusar a ONG de colaborar con las mafias, en un ejercicio nauseabundo de demagogia institucional que esconde una preocupación mayor por los testigos incómodos que por las miles de muertes en el Mediterráneo.

En su visita a Hungría, Salvini afirmaba que “la nueva Europa empieza con nosotros”. Y es cierto que la extrema derecha ha mostrado una elevada capacidad de marcar la agenda europea estos años, especialmente en cuestiones migratorias. Pero la extrema derecha está mutando, su asalto institucional les ha permitido por primera vez no solo entrar en gobiernos europeos como socios minoritarios, sino gestionar gobiernos desde la posición de fuerza principal. En las próximas elecciones europeas, Salvini y Le pen ya no pugnan solo por condicionar la agenda política: quieren redactarla. ¿Para qué romper con una UE que pueden gobernar? Ese es el verdadero reto al que nos vamos a enfrentar en el próximo periodo.

Frente a esta deriva, hay alternativas. Muchas de ellas ya en marcha. Algunas desde abajo, a través de movimientos populares de solidaridad y de una singular renovación del repertorio de acción militante y de los actores humanitarios, de las que la iniciativa del Abrazo de los pueblos es una buena muestra. Y otras desde las instituciones (ayuntamientos del cambio, ciudades refugio) a través de leyes y normativas ya existentes y aprobadas, pero en muchos casos no aplicadas por falta de voluntad política.

Como en tantas otras ocasiones, la clave no está en escoger entre estas opciones como si fuesen excluyentes, sino que resulta necesario crear alianzas dentro y fuera de las estructuras parlamentarias, incluyendo sin demora y en un lugar protagónico a los colectivos de personas migrantes y refugiadas. Asumiendo que este frente de acción implicará combinar labores tan dispares como la incidencia política, la autoorganización social y la redacción normativa, además de requerir articular tareas de carácter asistencialistas y de urgencia con otras de mayor calado, propias de la lucha por los derechos.

De esta forma, es fundamental apostar por construir una política común sobre migración para el conjunto de la UE que no permita que los esfuerzos recaigan en un puñado de países que configuran la Frontera Sur de Europa. Una política que debe guiarse no solo por el respeto de los Derechos Humanos, sino sobre todo por una lógica de ampliación de derechos. No basta con reclamar “papeles para todos” si no lo combinamos de una política económica que rompa con la austeridad, si no ampliamos las coberturas sociales y si no planteamos como una tarea fundamental el reparto de los trabajos y de la riqueza.

Ahora mismo luchar por una política migratoria que defienda los Derechos Humanos lleva implícitamente un cuestionamiento radical de la deriva neoliberal del proyecto europeo. Nos intentan vender que solo podemos elegir entre Macron y Le Pen, entre Merkel y Salvini, cuando son diferentes caras de una misma moneda. Es imprescindible romper esta falsa dicotomía porque la decisión que realmente se nos plantea es apostar por el populismo de las vallas que ambas opciones defienden, o por el abrazo de los pueblos. Y cada una de ellas concibe Europa de una forma radicalmente distinta. Afortunadamente de nosotros y nosotras depende en buena parte el resultado final de esa disputa.