Paisaje desde la ventana del siguiente avión

       

Ayer, apenas una hora después del accidente, se reabrió el tráfico aéreo en Barajas. Los primeros aviones despegaron mientras todavía humeaban los restos de la nave siniestrada. Desde las ventanillas, los pasajeros de la tarde, tal vez de camino a sus vacaciones o ya de regreso, pudieron ver los hierros retorcidos, las ambulancias y los cadáveres carbonizados que eran sacados del interior. Aparte de dolor y compasión, ¿qué sintieron en esos momentos? ¿Espanto por lo cerca que han estado del horror? ¿Alivio por no haber sido ellos, por haberse librado por apenas unos minutos?

Desde ayer todos estamos mirando por esa misma ventanilla, todos somos pasajeros del primer vuelo tras el desastre. Todos estamos conmocionados, pero también asustados. Viajar en avión hace tiempo que dejó de ser un privilegio de una minoría para ser una rutina más. Muchos viajamos en avión con cierta frecuencia, varias veces al año, por trabajo o por gusto. En mi caso, cada vez que despego o aterrizo, siempre salta ese pequeño chasquido en la conciencia que me recuerda dónde estoy, el riesgo que asumo.

Salvo en los casos de miedo patológico, la mayoría vivimos con esa inquietud como un ruido de fondo. Nos refugiamos en la estadística, en los cálculos de probabilidad que todos hemos oído alguna vez y que repetimos como un mantra tranquilizador: que cada día vuelan miles de aviones en todo el mundo y raramente se cae alguno, que estadísticamente es el medio de transporte más seguro, que hay más probabilidad de que te toque la lotería a que tengas un accidente aéreo, etc.

Todo ello es cierto. Pero esos cálculos dicen que el riesgo es pequeño, no inexistente. Cada tiempo cae un avión para recordárnoslo. Hoy sólo hay sitio para el dolor, el luto y el afecto a los familiares, pero mañana seguiremos volando. Algunos, ayer, tuvieron que despegar sólo una hora después de que la escasa probabilidad se hiciese certeza. Otros volaremos mañana, o el mes que viene, y durante mucho tiempo seguiremos asomados a esa ventanilla desde la que se ve la muerte.