Cuando las barbas de tu alcalde…

                         

Cuando se trata de hacer pedagogía, nadie como el alcalde de tu pueblo. Ya que es el gobernante más cercano a la ciudadanía, el que se patea los barrios, entra en los mercados y escucha a los vecinos, el alcalde siempre es el mejor situado para dar ejemplo, en cualquier cosa: si hay que fomentar el reciclaje, ahí aparece el alcalde separando la basura en su casa. ¿Que toca apostar por el transporte alternativo? Pues vean al señor alcalde llegando en bicicleta a su despacho.

Por eso ahora, cuando hay que difundir la idea de austeridad generalizada, nadie mejor que el alcalde y sus concejales para apretarse el cinturón, aunque sea sólo un poquito. Lo malo es que no sabemos si tomarlo como ejemplo o como advertencia: cuando el sueldo de tu alcalde veas congelar, prepárate para la ola de frío que te dejará tiritando. Porque no creo que la austeridad empiece y termine en la subida anual de los altos funcionarios. Algo más tendrán que congelar, ¿no? Y entonces vendrá el tijeretazo de miedo, para el que nuestros gobernantes más cercanos ya nos están educando con su ejemplo de austeridad personal. Tal vez entonces nos digan: no se queje, vecino, que yo soy el primero que me aprieto el cinturón.

Puestos a meter en la nevera partidas municipales, la variación de un año a otro de los sueldos será un pellizco a tener en cuenta, por supuesto. Pero más ahorraríamos si congelásemos, no sólo el sueldo, sino también la vanidad de tantos alcaldes que se han propuesto pasar a la historia, aunque sea la pequeña historia local. De palacios de congresos, puentes colgantes, túneles kilométricos, museos de autor y campañas de autobombo están bien agujereados los presupuestos de muchos ayuntamientos. En algunos casos, como el de Madrid, endeudados por décadas.