Lorca está donde quisieron sus verdugos

           

Estoy seguro de que dentro de doscientos años García Lorca seguirá siendo recordado, leído y celebrado. También se conservará la memoria de su asesinato, convertido en símbolo de la matanza franquista. Lo que no tengo tan claro es si dentro de doscientos años alguien recordará a Dióscoro Galindo, Francisco Galadí y Joaquín Arcollas. Su memoria no está garantizada por ninguna fundación, ni aparece en los libros de historia. Si siguen en la fosa, su recuerdo dependerá enteramente de sus familiares. Uno de ellos, Arcollas, no tiene ya descendientes, por lo que su olvido llegará antes.

¿Qué ganaríamos y qué perderíamos si cambiamos una fosa común por una lápida en el cementerio? Las familias de quienes fueron fusilados junto al poeta lo tienen claro: conocerían con seguridad el lugar de su muerte, recuperarían sus cuerpos y les darían digna sepultura. ¿Y la familia de García Lorca? ¿Qué puede perder con su desenterramiento? Aparte de que el lugar puede ser protegido e identificado con algún monumento, no creo que la exhumación afectase a una memoria más que consolidada, universal, y que no depende de los visitantes ocasionales al barranco.

Pero hay mucho más. He dicho que los familiares podrían dar digna sepultura a sus muertos. También la familia de Lorca. Soy de los que piensan que una fosa no es un sitio digno, por mucha magia que queramos atribuirle al lugar. La fosa es el lugar que sus verdugos eligieron para enterrarlo. Mantenerlo en ella supone respetar la voluntad de sus sepultureros, que consideraron que los republicanos no merecían una tumba, sino un montón de tierra encima, como animales. En un momento en que miles de personas reclaman, en nombre de la dignidad, la recuperación de sus familiares asesinados, sería deseable que esa dignidad llegase a todos.