Aislamiento sensorial, el nuestro

             

“Hemos visto salas de aislamiento sensorial donde los chicos, antes de entrar, piden un medicamento para soportarlo” -Enrique Múgica, Defensor del Pueblo- 

                      

Ya conocen el informe del Defensor del Pueblo sobre el funcionamiento de los centros de menores: castigos físicos, medicación abusiva, encierros, humillaciones… Todo muy impresionante, cierto. Pero díganme, con sinceridad: ¿les ha sorprendido? ¿O por el contrario se ajusta a lo que todos esperamos de ese tipo de lugares? 

Ha tenido que llegar el Defensor y poner por escrito lo que ya sospechábamos: que los centros de menores no funcionan como campamentos de verano. En ellos se emplean métodos durísimos, incluido ese “aislamiento sensorial” de resonancias guantanameras. Abundan los casos de lesiones físicas –las psíquicas son menos visibles-, e incluso varios suicidios. 

Me parece lógico denunciarlo, y pedir cuentas a quien corresponda. Pero reconozcamos también nuestra parte de responsabilidad. Hace tiempo que como sociedad hemos renunciado a la recuperación de los individuos más conflictivos, y optamos por el encierro y el castigo. Cada vez que hay un menor implicado en hechos violentos la respuesta es exigir el endurecimiento de la ley. Que los quiten de circulación y un problema menos, estamos más tranquilos sin ellos en la calle. 

Si a todos los menores que consideramos amenazantes los encerramos, ¿qué podemos esperar de unos centros convertidos en prisiones infantiles? ¿Qué pueden hacer los llamados “educadores”? ¿Cómo esperamos que se comporten unos menores tratados peor que población carcelaria? Se trata de un sistema violento, y generador de violencia. Pero hacemos como que no escuchamos los gritos. Para aislamiento sensorial, el nuestro.