Que San Henry Ford nos ayude

                                   

 “Para salir de la crisis hace falta vender más coches” –Antonio Romero, presidente de Faconauto-   

                               

 Ni ladrillos ni activos tóxicos bancarios. El verdadero termómetro de la economía mundial es el automóvil. No sólo por lo mucho que representa en PIB o empleo, sino también por lo que supone en términos psicológicos, o emocionales si quieren. Si quiebra una constructora o un banco no nos duele, hasta nos regocijamos. Pero si un fabricante de coches cayera sería un drama.

El coche es desde hace un siglo el rey del capitalismo. La economía, el consumo, el turismo, la planificación urbana, el ocio; todo gira en torno a las cuatro ruedas. Podríamos –y querríamos- vivir sin bancos, pero sin coche no somos nadie, por mucho que vayamos de ecologistas o lamentemos ser sus esclavos. Nos gusta conducir, sí.

Es el rey, y también el niño mimado. Gobiernos de todo el mundo han aprobado ayudas multimillonarias al sector para que aguante la crisis y que los fabricantes no dejen sus países. Aquí tenemos un Plan Integral de Automoción de 4.000 millones de euros; el segundo mayor de Europa, según presume el ministro Sebastián.

Con crisis o sin ella, que se destine dinero público al sector del automóvil nos parece lo más normal. Criticamos las ayudas a la banca, pero aceptamos con naturalidad que el Estado dé todo tipo de facilidades a los fabricantes de coches: ayudas directas, financiación, terrenos para sus factorías, bonificaciones laborales, facilidades en los ERE, planes renove, etc.

Si se para el motor, se para la economía, es verdad. Pero además tenemos tan interiorizado el coche, que por él aceptamos lo que sea.