Trabajar cansa

Deje, que ya me abarato el despido yo

"Invito a la CEOE a que vaya al diálogo social, y que deje en su sede el programa de máximos y empecemos a discutir" -Celestino Corbacho, ministro de Trabajo-

 

A estas alturas, todos tenemos ya asumido que habrá reforma laboral. Es más, no sólo la esperamos: la deseamos, estamos impacientes, la queremos ya. Eso sí, será una reforma dulce, simpática, dialogante, socialdemócrata, pactada y firmada por todos, con apretón de manos de empresarios, sindicatos y gobierno.

¿Cuántos meses llevamos oyendo hablar de la reforma? Tantos que si después de todo no la hubiera, nos sentiríamos decepcionados. En este tiempo cada uno ha cumplido su papel: los empresarios, metiendo miedo y pidiendo lo que saben que no conseguirán, para que al final aceptemos lo que, sin ese susto, tal vez rechazaríamos, y que nos parecerá hasta bueno en comparación. Los sindicatos también han puesto de su parte, haciéndose los estrechos, levantando el puño y jurando resistencia. Los propagandistas liberales contribuyen con informes, estadísticas y hasta manifiestos. Y el gobierno, espera a que la fruta madure.

Cuando se hagan la foto del gran pacto, cada uno pondrá cara de circunstancias ante los suyos: los empresarios se mostrarán magnánimos, "no es esto lo que queríamos, pero nos conformamos". Los sindicatos, presumirán de responsables y exhibirán alguna ganancia compensatoria -más protección de desempleo, por ejemplo-. Y el gobierno, nos convencerá de que es por nuestro bien.

Y los trabajadores, ya reformados, descansaremos por fin tras tantos meses de mareo y despiste. Tal vez lo que pretenden no es prepararnos el cuerpo de tanto oír hablar de la dichosa reforma, sino hartarnos, impacientarnos, para que pidamos a gritos la reforma, que salgamos a la calle a exigirla. O que nos la hagamos nosotros mismos, como los trabajadores de Seat que decidieron congelarse el sueldo ellos solitos.