Trabajar cansa

Las playas también son calle

"La permanencia de los chiringuitos es muy importante, forman parte de la idiosincrasia de las playas españolas" -Miguel Mirones, presidente del Instituto para la Calidad Turística- 

                       

¿Hay algo más español que el chiringuito? ¿Qué es una playa, sino la cantidad de arena que rodea un chiriguito? ¿Hay otra razón para ir al mar que tomarse una cerveza en la orilla? Pues venga, declarémoslos bien protegido, patrimonio de la humanidad, lo que sea pero no los toquen. 

Me resulta cómica esa defensa castiza en clave identitaria de los chiringuitos que hacen algunos. Son muchos puestos de trabajo, sí, y habrá que buscar una solución razonable, pero tampoco caigamos en la idealización bucólica del chiringuito. Para empezar, bajo esta denominación hay de todo: chamizos caseros pero también restaurantes de lujo y discotecas playeras. Además, los hosteleros ya están llegando a acuerdos con la administración para cumplir la ley sin mucho perjuicio. 

Las playas españolas están que dan pena a base de ladrillazo, como ha recordado el Parlamento Europeo. Es cierto que los chiringuitos son una anécdota entre tanto abuso, pero también ocupan playa. 

Durante mucho tiempo las playas no eran de nadie, eran de todos, y cada uno hacía lo que quería: montar un chiringuito, una casa, una urbanización, un hotel, una piscina, una salida privada al mar o un negocio de hamacas, normalmente con el visto bueno del ayuntamiento. 

Así que, una vez que las playas dejaron de ser salvajes, había que urbanizarlas. Y en eso estamos: ahora las playas también son calle, con normas y sanciones (prohibido perros, acampar, hacer fuego), obras (se amplían y modelan con arena de fuera), mantenimiento, servicios, vigilancia y por supuesto regulación. 

No me gustan las playas domesticadas, pero menos me gusta su privatización, por castiza que sea.