El voto es el mensaje

“Los españoles han dicho que el gobierno no está a la altura. ¿Está de acuerdo con lo que han dicho las urnas?” -Soraya Sáenz de Santamaría, portavoz del PP en el Congreso- 

                  

En democracia es fundamental la comunicación entre gobernantes y gobernados, entre representantes y representados. Es un emocionante diálogo entre unos y otros. Cuando ellos hablan –en el Parlamento, en los medios o en el mitin-, los demás escuchamos y entendemos. ¿Y nosotros? ¿Cómo hablamos para que nos escuchen? Está claro: mediante el voto. No cabe expresión más clara. 

Después de cada proceso electoral, las expresiones utilizadas apuntan a ese milagro comunicativo: “las urnas han hablado”, “los ciudadanos han dicho”, “los votantes han lanzado un mensaje”. Así es. Cuando usted votó el domingo, estaba expresándose. Comunicando. Hablando, vamos. 

Pero claro, el lenguaje de los votos no es sencillo. No se puede escribir a boli en la inmaculada papeleta lo que quiera decirle al gobernante, porque sería voto nulo. El de las urnas es un lenguaje sofisticado, una especie de morse que necesita ser traducido. ¿Y quién mejor que el receptor para interpretar el sentido del mensaje? 

Ahí están los exegetas electorales convirtiendo su anodina papeleta en palabras, en verbo, en construcción gramatical. Fíjese: usted elige una papeleta, pongamos del PP, y una vez pasada por la maquinita de descifrado nos enteramos (usted el primero) de lo que quería decir, de cuál era el mensaje: que no le importa la corrupción (casi que la aplaude), que no le gustan las medidas anticrisis del gobierno, y que quiere reformas estructurales inmediatas, dimisiones y adelanto electoral. Si eligió la papeleta de otro partido, su mensaje también será interpretado, no se preocupe. 

Pues hala, ya ha dicho lo que tenía que decir. Mensaje recibido. Puede descansar un par de años.