Trabajar cansa

El dolor compartido de la clase obrera

"Los sindicatos españoles aceptaron compartir el dolor de las reestructuraciones con el resto de sindicatos" -Klaus Franz, presidente del Comité de Empresa Europeo de OPEL- 

        

Aunque la industria automovilística esté en declive en Europa, el trabajador de la fábrica de coches sigue ocupando un lugar central en el imaginario popular. Ya hemos comentado alguna vez cómo el obrero de la cadena de montaje es desde hace un siglo el obrero por antonomasia, el que aparece siempre en los telediarios para ilustrar las noticias sobre empleo y paro. 

Yo diría que su peso sentimental es mayor de lo que en realidad representa sobre el conjunto de la economía y de la población trabajadora. Tal vez por eso, cuando se anuncian recortes laborales, los gobernantes se vuelcan en defender esos puestos como no hacen con ningún otro sector, al precio que sea –y suele ser alto-.Y quizá por eso todos seguimos con interés lo que pasa en las plantas de montaje, como si en esos trabajadores viésemos a los últimos ejemplares de una especie en extinción: la clase obrera tal como se entendió durante décadas, hoy sustituida por el nuevo y creciente proletariado de los trabajadores precarios. 

Miramos su lucha con una mezcla de nostalgia y expectación: pensamos que si a ellos, que aún están en condiciones de defenderse colectivamente –pues tienen lo que la mayoría ya no: plantillas de miles de trabajadores, sindicatos operativos y un mínimo de seguridad y derechos-, les va así de mal, ay la que nos espera a los demás. 

Por eso cuando los sindicatos de Opel se limitan a reducir los daños en lo posible, y acuerdan compartir solidariamente el dolor –repartiendo despidos y congelaciones salariales por todas las plantas-, somos todos los trabajadores los que compartimos un dolor más hondo, por la nueva derrota de los últimos héroes de la clase obrera.