Trabajar cansa

El calabobos de la reforma laboral

"Creo que ya se han dado cuenta de que la reforma viene muy deprisa. Es una buena noticia, llevamos un año pidiéndola." -Arturo Fernández, vicepresidente de la CEOE-

               

Escarmentados tras tantos revolcones, los trabajadores hemos desarrollado un resorte que salta en cuanto oímos las dos palabras malditas: "reforma laboral". Nos ponemos de uñas, erizamos el lomo y se nos dilatan las pupilas. Por eso ni entramos a discutir el tipo de reforma: la rechazamos en sí misma, pues tenemos la lección aprendida y sabemos que en España reforma laboral es eufemismo viejo.

Para vencer esa resistencia hace falta una labor pertinaz, sin prisa pero sin pausa, para ablandarnos y que acabemos viéndola como inevitable, y hasta estemos dispuestos a discutir contenidos. Los empresarios, tan impacientes, quisieron meternos la reforma a lo bruto, sin caricias ni palabras de cariño, y por eso fracasó el intento antes del verano. Ahora en cambio, tras un año preparándonos el cuerpo, parece que ya llega.

Es esa teoría de la "lluvia fina" que popularizó Aznar, y que le llevó a la mayoría absoluta. Aplicada al terreno laboral también funciona: frente al aguacero de la patronal, que sólo consigue charcos, riadas, inundaciones y hasta huelgas, hace falta una llovizna suave pero incesante, de ésas que crees que apenas mojan hasta que estás completamente empapado. Lo que se conoce como calabobos o chirimiri.

A fuerza de llover, de insistir en la necesidad de reformas mientras el paro se desmadra, han conseguido que la tierra reseca se empape. Todavía hará falta un poco más de agua, no sea que bajo el suelo haya turba en combustión, como en Daimiel. Por supuesto, la reforma será de las buenas, indolora, con diálogo. Los dioses de la lluvia prometen que no implicará pérdidas de derechos. ¿Cómo lo ven? ¿Notan la humedad ya en los huesos? ¡Achís!