No me gusta que a los toros lleves argumentario

“No creo en la reencarnación, pero si así fuera, mi decisión no admitiría dudas: querría ser toro de lidia.” -Luis Corrales, director de la Plataforma para la Defensa de la Fiesta-

                  

Vaya por delante que soy antitaurino, así que ya imaginan lo que me parece la iniciativa popular que hoy llega al parlamento catalán. Me repugnan las corridas y todo lo taurino. No pretendo, como dicen los graciosos, igualar en derechos al toro con el hombre. Al contrario, se trata de reconocer al toro su condición animal, pues el maltrato animal ya está legislado: para todos los animales menos para el toro de lidia, que cuando sale a la arena deja de ser animal para convertirse en hecho cultural, y ahí se las den todas.

Los taurinos saben que la suya es una batalla perdida, cuestión de tiempo. Y como la Fiesta Nacional no levanta cabeza –pese a las generosas ayudas públicas-, sus partidarios llevan años acumulando argumentos con que responder a la cada vez más extendida sensibilidad antitaurina.

Su argumentario es variado, para todos los gustos: la defensa del toro –que si no es torturado se extingue-, la falta de sufrimiento del animal –hasta le gusta que le pinchen-, la conservación de las dehesas –urbanizadas en cuanto no correteen los toros-, los puestos de trabajo, y por supuesto la tradición y la cultura, con el habitual listín de artistas taurófilos que en el mundo han sido.

Como todo ello no basta, últimamente se dedican a demostrar la incoherencia de los antitaurinos, que comen carne y visten pieles, pues mientras haya un solo animal que sufra en el mundo estará justificado el encarnizamiento con el toro.

En su última ofensiva, la de hoy, han buscado munición más gorda: apelan a la libertad, frente a los enemigos de la libertad. Ya se sabe: empezamos prohibiendo los toros, y después lo que se nos antoje, que los liberticidas somos así.