Trabajar cansa

Una española que lleva 'hiyab'

"La polémica la causan aquellos radicales que han llegado recientemente a España y quieren imponer sus creencias a los demás." -Rafael Hernando, portavoz de Inmigración del PP- 

              

Como ya sabrán, Najwa Malha, la chica de Pozuelo obligada a cambiar de instituto, es española. Perdón, quería decir "española de origen marroquí", o "española musulmana" o incluso "española de origen musulmán", que son las tres formas de referirse a ella. Supongo que es una forma de tranquilizarnos a los españoles pata negra, los de toda la vida. Que estas cosas no le pasan a las niñas auténticamente españolas, sólo a las que no tienen denominación de origen. 

Najwa nació en España, se ha criado entre nosotros, comparte cultura con sus compañeros de clase. Pero se ve que teniendo padre marroquí y queriendo cubrirse el pelo por motivos religiosos no es todo lo española que debería, por eso al referirnos le añadimos la coletilla aclaratoria. 

Muchos dirán que el dato de su origen familiar o su religión es relevante en este asunto. No estoy de acuerdo. Lo relevante no es que sus padres sean marroquíes o que crea en el Islam, sino que es tan española como mis hijas. Es decir, que no estamos hablando de un problema de inmigración, sino de convivencia entre españoles con los mismos derechos. Subrayar su origen acaba presentándola como española de segunda, y es percibida como extranjera por aquellos que siguen equiparando español y católico. Y lo que es peor: hace que ella misma se sienta extranjera en su país. 

A partir de ahí son muchos los disparates oídos estos días: desde mezclar el hiyab y el burka en la misma frase, hasta las apelaciones a la aconfesionalidad del centro por parte de quienes permiten que se adoctrine religiosamente en esas mismas aulas. Entre todos hemos conseguido crear un problema donde no lo había. 

Si tanto les preocupa la posible sumisión de una cría que se cubre con un pañuelo, la respuesta dada consigue lo contrario: le grapa el hiyab de por vida, y anima a otras chicas a colocárselo. Es el instituto el que debe conseguir que se descubra la cabeza, sí. Pero educándola en el pensamiento libre, no dejándola veinte días sola en la sala de visitas o mandándola a otro centro.