Trabajar cansa

Marcelino y Josefina no vendieron su piso

"Ni nos domaron, ni nos doblaron ni nos van a domesticar. Siempre adelante y siempre a la izquierda." -Marcelino Camacho, líder obrero y comunista-

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El viejo y pequeño piso de Carabanchel donde Marcelino Camacho y Josefina Samper pasaron su vida debería quedar intacto, a modo de recuerdo. Pero no como una casa-museo, que es lo que algunos veían cuando presentaban a Marcelino y Josefina como una curiosidad zoológica, un anacronismo, dos viejos comunistas apretados en un pisito sin ascensor y que recibían en zapatillas y con café y magdalenas.

No es ése el valor del piso, ni el del propio Marcelino, que no era un abuelo cebolleta con el que hacerse fotos ni una reliquia sentimental de otro siglo, sino un militante de a pie, un activista incansable que hasta donde le llegaron las fuerzas siguió asistiendo a su asamblea de barrio y a las manifestaciones vecinales.

Intento decir que, de la misma forma que sus años de liderazgo sindical y político son ejemplares, no lo fue menos su vida, su jubilación, la sencillez con que eligió pasar sus últimos años, como demostración de que se podía seguir siendo de izquierda, obrero y comunista de pensamiento pero también de acción, hasta en lo más cotidiano.

Tanto en los años del pelotazo como en los posteriores de la burbuja, Marcelino no era un anacronismo, ni el último mohicano, sino un referente moral y político para quien quisiera seguirlo. Mientras muchos hacían el cuento de la lechera con sus viviendas y celebraban el fin de la clase obrera y el advenimiento de la clase media universal, Marcelino no sólo seguía fiel a sus ideas y se conformaba con su piso y su pensión, sino que además advertía, a quien quisiera oírle, que aquello era pan para hoy y hambre para mañana, y que tras la fiesta vendría la resaca, como así pasó.

Quienes le visitaban en su casa no iban para hacerse una foto histórica ni por ver una estampa entrañable de otra época, sino para cargar las reservas de dignidad, comprobando que otra vida era posible, y por supuesto otro sindicalismo.

Ayer alababan su combatividad sindical y su integridad política los mismos que a diario cargan contra los huelguistas y denigran el comunismo. Por eso hay que decirlo bien alto, sin protocolarias palabras de duelo: ha muerto un obrero, un luchador, un comunista.