¿Ya podemos comer pepinos?

“Nadie ha dicho que la contaminación proceda de España, sino que los pepinos contaminados procedían de ese país.” -Pia Ahrenkilde, portavoz de la Comisión Europea-

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No sabemos si la crisis de los pepinos se desactivará en unos días, cuando quede claro el origen de la infección y se delimite bien el número de casos; o por el contrario se convertirá en prematura serpiente de verano, y tendremos aún varias semanas de histeria en las que cada ataque de diarrea en cualquier rincón de Europa sea retransmitido en directo por las televisiones, y cada vez que aparezca un pepino sospechoso se aísle la zona hasta que sea retirado por personal de emergencia cubierto con trajes aislantes y mascarillas.

Sí, ya sé que no es para tomárselo a broma, porque ha habido muertos. Pero aparte de que está por ver si todos los muertos lo han sido por la misma contaminación, coincidirán conmigo en que mucho más devastador que el E.coli es el virus del miedo, que se propaga por todo el continente sin necesidad de camiones ni palés, y causa una descomposición en las autoridades, los medios y los ciudadanos comparable a la diarrea de la dichosa bacteria.

Ya nos pasó con la gripe A, de la que nos hemos olvidado. En su día mató a muchas personas, sí; pero mayor fue el pánico planetario, y la sobreactuación de los gobiernos que compraron millones de vacunas y nos tuvieron aterrorizados durante semanas. Y ha ocurrido con otros casos, que casi siempre tienen que ver con la salud y con la alimentación.

No quiero ni imaginar cómo viviríamos hoy una crisis como la de las ‘vacas locas’: si en su día extendió la inquietud por toda Europa, hoy, en este mundo en crisis permanente y donde todos parecemos estar en vilo a la espera del próximo sobresalto, habría sido terrorífico.

Al final todas estas crisis suelen quedar en menos de lo temido, pero el susto tarda en pasarse, y a los agricultores españoles les va a costar recuperar la confianza. Por mucho que los análisis exculpen a sus hortalizas, varios días de histeria, cierre de fronteras y reportajes amarillistas no se superan tan fácilmente. Así como los afectados por el E.coli quedan debiluchos y sin defensas, nuestra confianza como consumidores no sale precisamente fortalecida.