Trabajar cansa

'Doctrina del shock', capítulo tercero

"La fiesta ha acabado para familias, empresas y autónomos, pero las administraciones públicas siguen despilfarrando." -Javier Arenas, presidente del PP de Andalucía-

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Hago recuento de lo leído y oído estos días a cuenta del estado en que estarían las administraciones públicas: quiebra, impago, endeudamiento, agujero oculto, exceso de funcionarios, contratados a dedo, empresas públicas ruinosas, ineficacia, cuentas falseadas. Todo lo que el PP espera encontrar allí donde gobierne. Lo dice de Castilla-La Mancha, lo anticipa Arenas para cuando gane en Andalucía, y previsiblemente será el discurso con que se estrene Rajoy en la Moncloa.

No dudo de que la situación de las finanzas públicas sea calamitosa: por mala gestión, sí, pero también por la crisis, que la agravó con la caída de los ingresos y el parón económico.

Ahora bien: si lo público está mal, ¿qué hay que hacer? ¿Pedir cuentas a sus responsables, o desmontarlo todo? Lo digo porque entre tanto ruido sobre su "insostenibilidad" veo venir el siguiente capítulo de la ‘doctrina del shock’: tras los derechos de los trabajadores (que también eran insostenibles con la crisis) y el Estado de Bienestar (de repente insostenible), el siguiente bocado pueden ser las administraciones y servicios públicos en conjunto, por insostenibles. Por ahí apuntan la derecha, los "expertos", el FMI y Europa.

Lo dijo Gallardón hace dos días: "lo público tiene que saber dar un paso inteligente hacia atrás". Y a eso apunta el desprestigio de lo público, vinculado más que nunca a mala gestión, despilfarro y ruina. ¿El remedio? Privatizaciones, menor gasto, mengua del Estado en todos los frentes. Nada de mejorar lo que esté mal. Cirugía de choque, amputación.

Claro que, puestos a hablar de mala gestión, ruina y cuentas ocultas, ahí está el sector financiero. Pero ya ven la diferencia: si el Estado (central o autonómico) funciona mal, maquilla sus cuentas y se endeuda hasta las cejas, hay que liquidarlo. En cambio si los bancos, agencias y mercados engañan, especulan, estafan, burbujean y causan ruina propia y ajena, se les echa una mano, se da un tironcillo de orejas a sus responsables (pero sin pasarse), y a seguir como si nada, que un mal día lo tiene cualquiera.