Trabajar cansa

La lista (negra) de la compra

"Es verdad que los niveles de metales son una preocupación constante de las autoridades, pero el pescado azul es tremendamente saludable." -Leire Pajín, ministra de Sanidad-

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La lista de la compra cada vez tiene más tachaduras: las últimas, el atún, el pez espada, las gambas, y las acelgas y espinacas para bebés. Sí, es verdad que después de soltar la advertencia, las autoridades –presionadas por los sectores afectados- nos tranquilizan y nos animan a seguir consumiendo sin miedo. Pero coincidirán conmigo en que no da mucha confianza un alimento que las embarazadas y los niños deben evitar, o que el resto de la población puede comer pero sin pasarse.

Como lo del mercurio en los atunes se sabe desde hace tiempo, cabe pensar que seguiremos comiéndolos como si nada, pues en la alimentación nos domina desde hace tiempo una forma de resignación: nos hemos convencido de que, en mayor o menor medida, todo lo que comemos es dudoso, pero lo asumimos como un precio por vivir en una sociedad avanzada.

La primera parte del razonamiento es bastante cierta: todo lo que comemos es dudoso, pocos productos de la industria alimentaria resisten hoy un examen a fondo. Apliquen el análisis de los atunes a las hortalizas llenas de pesticidas, los cerdos y terneras criados en condiciones insalubres e hinchados a antibióticos, o los pollos y huevos que ya sabemos que tienen toxinas. En todos los casos cabría hacer recomendaciones de consumo moderado y grupos de riesgo, y se acumulan evidencias sobre su relación con la proliferación de cánceres, todo tipo de enfermedades y alergias.

Pero la segunda parte del razonamiento fatalista no tiene por qué ser cierta: no podemos aceptar que la contaminación alimentaria es inevitable. Al contrario, hay que denunciarla y exigir otras formas de producción. Es cierto que es inseparable a un modelo de desarrollo económico que llena el mar de mercurio –la pregunta que deberíamos hacer tras saber lo del atún es ¿de dónde ha salido todo ese mercurio?-, y que busca el máximo beneficio fabricando comida. Pero antes que un motivo de resignación, debería ser una razón más –y no menor precisamente- para cambiar un sistema que perjudica seriamente a la salud. La nuestra y la del planeta.