Si no puedo un hotel, te hago un puerto

“Quienes se oponen al nuevo puerto son agoreros cuyas premoniciones nos harían retroceder un montón de años si les hiciéramos caso.” -Antonio Sevilla, consejero de Obras Públicas de Murcia-

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Llego a un pueblo costero del sur, después de un año sin pasar por allí, y compruebo que siguen en el mismo sitio los tres involuntarios monumentos a la época del ladrillazo: en primera línea de playa quedaron a medio construir tres grandes edificios de apartamentos, que llevan en el mismo estado de abandono desde hace tres veranos.

La constructora debió de quebrar, no encontró compradores para los pisos, le pilló el estallido de la burbuja, por la razón que sea quedaron a medio levantar tres bloques junto al mar, en el único tramo de costa que quedaba sin urbanizar en decenas de kilómetros de litoral. Y ahí siguen, con sus grúas paralizadas, como memoria de un tiempo enloquecido, cuando el ladrillo devoraba nuestras costas.

Como estos tres hay muchos por todo el país, como ese hotel del Algarrobico que sigue en pie y que se ha convertido en la mejor postal de la destrucción medioambiental durante décadas. Pero, ay, si creíamos que el pinchazo de la burbuja tendría el efecto positivo de salvar lo poco que aún no había sido enladrillado, qué ilusos fuimos.

Greenpeace nos acaba de contar, con su informe Destrucción a toda costa, que al ladrillo vacacional le ha sustituido el hormigón de las infraestructuras: decenas de puertos están en pleno proceso de ampliación, en una enloquecida carrera por la que todos aspiran a ser el mayor del país, o incluso de Europa. En ocasiones están separados por pocos kilómetros unos de otros, pero eso no impide que crezcan y compitan entre sí.

Como dice Greenpeace, donde no llega la Ley de Costas sí llega la Ley de Puertos, que permite mayor destrucción que aquélla. Es el caso del macropuerto de El Gorguel, en Murcia, que el gobierno regional quiere construir a toda costa, nunca mejor dicho.

Para colmo, la burbuja portuaria no tiene base económica, no puede ser rentable, con un descenso permanente del tráfico comercial. De modo que pronto no sólo tendremos aeropuertos y líneas de AVE sin pasajeros, sino también enormes puertos ruinosos, aunque no tan arruinados como la costa.