Trabajar cansa

¡Viva el déficit público!

 

Si quieren probar un grito verdaderamente subversivo, salgan a la calle gritando "¡Viva el déficit público! ¡Abajo el equilibrio presupuestario!" Ya verán cómo la gente agacha la cabeza y acelera el paso, alguna señora sufre una lipotimia, los niños lloran y no tarda en aparecer un furgón policial.

 

De repente, el déficit se ha convertido en la mayor amenaza de nuestro tiempo. Olviden el cambio climático, el terrorismo o Fukushima. Nada es comparable a la catástrofe de que un Estado gaste más de lo que ingresa. De ahí que nuestros gobernantes hayan corrido a blindarnos constitucionalmente contra el calamitoso déficit.

 

Y sin embargo, durante décadas hemos vivido en grave peligro sin enterarnos. Salvo un par de ocasiones, en España siempre hemos tenido déficit, mayor o menor. Y la zona euro no ha conocido en veinte años ni un solo ejercicio en que el déficit estructural fuese inferior a ese 0’4% que ahora se pretende sagrado. Es decir, que hemos vivido siempre con el déficit, y aquí seguimos.

 

"Ah, claro", dirán algunos, "pero mira cómo nos vemos ahora por nuestra mala cabeza. Por eso hay que acabar con el déficit, para no repetir errores pasados". Ah, pero, ¿no quedamos en que la crisis la causaron la especulación financiera y las burbujas inmobiliaria y crediticia? ¿Resulta que fue el déficit? Vaya, yo que creía que el actual desequilibrio entre ingresos y gastos era consecuencia de la crisis, y resulta que es causa.

 

No sólo hemos vivido mucho tiempo con déficit: además se aceptaba que un Estado necesita algo de déficit, sobre todo si aspira, como debería ser el caso español, a superar otro déficit más grave pero para el que no hay tanta prisa: el déficit social.

 

Pero eso era antes: hoy se impone el fundamentalismo neoliberal por el que un Estado debe regirse por criterios empresariales (¡como si las empresas tuviesen cuentas equilibradas!), y sobre todo se imponen los intereses del capital, que consigue que la Constitución dé "prioridad absoluta" al pago de deudas e intereses, por encima de otras prioridades que deberían ser absolutas y no lo son.

 

El único consuelo que nos queda, una vez aprobada la reforma, es que acabe siendo papel mojado, como tantos artículos de la Constitución. Pero ya sabemos que en el texto hay artículos de papel mojadísimo, y otros grabados en roca. Y me da que éste será de los segundos.