El tenista grogui

 

Otra cosa no, pero emocionantes son un rato las cumbres europeas. Basta ver cómo la prensa rivalizaba ayer por excitarnos: “Europa se la juega”, “Hora crítica”, “La batalla se librará en Bruselas”, “El euro se juega su futuro”, decían los diarios españoles. Los de otros países no eran menos: “La cumbre de la última oportunidad”, “Ahora o nunca”, “Día fatídico”, “La última tirada de dados”…

A la mayoría no se nos calentó demasiado la sangre, acostumbrados a leer los mismos titulares en cada cumbre. La última, en julio, cuando los líderes salvaron el euro, Europa y el planeta en el último minuto y de penalti. La alegría fue corta, y en agosto ya estábamos otra vez al borde del precipicio, de modo que ahora nos cuesta creer que de verdad sea la última, la definitiva, ahora o nunca.

Comentaba en julio que con las cumbres europeas sufríamos el síndrome del partido del siglo. Pero ahora rectifico el símil deportivo: más que a las grandes citas futboleras, la reiteración agónica recuerda a una figura del tenis: la bola de partido, el match ball, el jugador que consigue salvar un punto y sigue vivo sobre la pista.

“Jamás Europa ha estado tan cerca de la explosión”, dijo Sarkozy en la víspera. Y tras la cumbre, de nuevo oiremos que Europa ha salvado otro punto decisivo, y que el partido sigue, hasta que en pocas semanas estemos de nuevo raqueta en mano y sudando por salvar otra bola mortal.

El problema es que cada vez son menos los que creen que el tenista tenga alguna opción de ganar. No sólo entre los economistas; también entre los gobiernos cunde el desánimo. Hay quien ve imposible dar la vuelta al marcador, y aspiran como mucho a salvar unas pocas bolas y maquillar el resultado para caer con dignidad. Pero también hay quien da por enterrado el euro y piensa que el partido no sólo está decidido, sino que ya acabó, aunque el tenista grogui no se haya enterado y siga dando raquetazos en la pista desierta, peloteando contra la pared del fondo.

Sobra decir a quién le toca el papel de recogepelotas, y quién se lleva los pelotazos cada vez que cruza la pista.