Trabajar cansa

El álbum de Urdangarin

 

Hay que ver lo que cambia una misma fotografía sólo con lo que sabemos del retratado. A todos nos ha pasado alguna vez, al encontrar en el cajón una foto de aquella novia que nos la pegó, descubrir que lo que entonces nos parecía una sonrisa encantadora se ha transformado en una expresión de perversidad. Lo mismo le pasa a los candidatos perdedores tras las elecciones: el mismo cartel electoral que un día antes mostraba a un triunfador dispuesto a todo, en la resaca tiene un aspecto triste, y al prohombre se le queda cara de pobre hombre, listo para el desguace.

Algo así le pasa estos días al imputado Urdangarin, cuyo rostro ha cambiado de forma monstruosa en las fotos viejas. En las últimas semanas los periódicos han tirado de archivo para ilustrar las noticias sobre sus andanzas delictivas, y hemos acabado viendo el álbum completo del duque de Palma: en actos oficiales, en congresos de ejecutivos, en su boda, jugando al balonmano, paseando con los niños, en velero…

Son las mismas fotos que hemos visto durante años, pero hoy nos parecen otra cosa. Donde antes veíamos un joven alto, sano y guapo, simpático y discreto, ejemplar marido, padre, yerno y cuñado, deportista campeón, hoy vemos afán desmedido de lucro, habilidad para llevárselo crudo, disimulo, jeta.

Las instantáneas que le muestran presentando proyectos ante auditorios de prestigio, y que antes eran la imagen de un brillante profesional, hoy son las de un estafador en acción. Los momentos en que aparece junto a la Familia Real en actos oficiales, donde antes lo veíamos como exquisito consorte hoy su mirada transparenta la forma en que se aprovechaba de su posición. Las fotos en eventos caritativos son hoy las de un trepa que no desperdiciaba ocasión para hacer caja. Las postales navideñas con los niños en brazos no esconden su pinta de evasor de impuestos.

Hasta el álbum de boda nos resulta intragable, y el príncipe azul de la prensa del corazón tiene de repente sonrisa de braguetazo. Ni sus fotos de balonmanista se libran ya de la sospecha. Si nos dicen que se dopaba, nos lo creemos.