¿Titanic, nosotros? ¡Costa Concordia!

 

Se ve que andamos lentos de reflejos, o es que ya estamos empachados de metáforas: de lo contrario no se entiende que cinco días después del aparatoso naufragio del Costa Concordia no estemos todos usándolo como metáfora de la economía europea y mundial. Después de años viendo por todas partes representaciones figuradas de la crisis, lo mismo un terremoto que una gripe, lo mismo un partido de fútbol que un tren en marcha, nos ponen a huevo un barco gigante volcado y lo dejamos pasar.

¿Y qué tiene que ver el chapucero accidente del Costa Concordia con la madre de todas las crisis?, preguntarán. Ah, perdonen: lo nuestro merece un referente más épico. El Titanic, qué menos: la economía mundial como un elegante y sólido buque que navega feliz hasta que un malhadado iceberg se cruza en su camino y desata la tragedia mientras la orquesta toca hasta el final… ¿Cuántas veces hemos oído en los últimos años a gobernantes y expertos comparar el hundimiento del Titanic con el sector financiero, la economía global o la zona euro?

Sin embargo, el espejo donde mirarnos no es el legendario hundimiento del transatlántico inmortalizado por el cine y la cultura popular; sino el drama cutre del barco italiano.

Frente a las heroicas horas finales del Titanic, con su valiente capitán, pasajeros elegantes que no pierden la compostura, músicos amenizando la muerte y las heladas aguas del océano (todo lo mitificado que quieran, vale), ahí están los ingredientes del Costa Concordia, para que ustedes mismos comparen y digan si se parece o no al naufragio económico: un barco gigante y hortera, lleno de piscinas, casinos y escayolas imitando mármol, que encalla a pocos metros de la costa por el capricho de acercarse más; un capitán cobarde que huye dejando al pasaje; una tripulación sin preparación suficiente; gente arrojándose a la desesperada; una treintena de muertos y desaparecidos y hasta una amenaza de desastre ecológico, y todo por una maniobra idiota para saludar a la familia al pasar.

Ni iceberg, ni heroísmo, ni orquesta ni enigmas. ¿No se parece más a nuestra tragedia?