Un final a la altura de Garzón

 

Garzón pone punto final a su carrera judicial con el mismo estruendo que ha acompañado su trayectoria durante años: un día después de hacer un alegato por la justicia y la reparación a las víctimas del franquismo, con toda la prensa internacional pendiente de su suerte y las redes sociales agitadas por la condena. Un final de traca, a la altura del personaje.

Yo, después de leerme los 69 folios de la sentencia, no tengo claro a quién han condenado. ¿Al héroe de la justicia universal, candidato al Nobel de la Paz, perseguidor de corruptos y genocidas, campeón contra el terrorismo y primer juez que abrió las puertas de la Justicia a las víctimas de la dictadura? ¿O al juez estrella, que entra y sale de la política como del juzgado, con fama de mal instructor e ideólogo de la línea dura judicial contra “el entorno del entorno” en el País Vasco? ¿Han inhabilitado al defensor de los derechos humanos, o al juez con enfermizo afán de protagonismo, y para el que se acuñó un término periodístico: la ‘garzonada’?

El juez con más luces y sombras de la historia reciente, capaz de lo mejor y de lo peor, que cuenta con tantos defensores incondicionales como detractores acérrimos, ha sido fulminado, para desgracia de los primeros y contento de los segundos. Y para alivio de no pocos delincuentes, es cierto, empezando por los de la Gürtel, que desde hoy maniobrarán para anular todo lo que puedan del proceso.

La propia sentencia contribuye sin quererlo a la confusión que rodea estos días al caso Garzón: cuando afirma que el juez, con su decisión de intervenir las comunicaciones de los encarcelados, colocó “a todo el proceso penal español (…) al nivel de sistemas políticos y procesales característicos de tiempos ya superados”, con prácticas propias de “los regímenes totalitarios”. Es decir, que el juez que sólo unas horas antes denunciaba los “tiempos ya superados” y nuestro “régimen totalitario” ante el Supremo, es condenado por el mismo tribunal por retrotraernos a esos tiempos y devolvernos al totalitarismo.

Buf, casi me parece más sencillo lo del filete de Contador.