Traducción inversa

El rostro de Umar Farouk

Fijémonos en ese rostro que se reprodujo hasta la saciedad hacia el fin del pasado año, como un extraño icono de lo que nos esperaba en el próximo. Era un muchacho nigeriano de 23 años, sano y sonriente, que intentó activar un explosivo en un avión que se dirigía a Detroit. De pronto, cuando los atentados del 11S en Nueva York parecían ser ya carne de hemeroteca, vuelve con toda su autoridad macabra la figura del suicida aéreo. Occidente, por supuesto, reacciona como puede y sabe: se extreman las medidas de seguridad en los aeropuertos, se pone a Yemen en la diana, se dispara la psicosis. Y Umar Farouk Abdulmutallab, el joven nigeriano, se convierte en el rostro de un cierto 2010, una prospectiva inquietante que vuelve a incluir caos y destrucción, sospecha y vorágine.

  Se ha investigado hasta la saciedad quién era Umar Farouk. Escribía en internet –cómo no- y buscaba amigos on-line. Colgó comentarios en Islamic Forum dónde revelaba una soledad inmensa. "No tengo a nadie con quien hablar", confesaba. Y luego añadía: "Me siento deprimido y solo. No sé qué hacer, y creo que esta soledad me lleva a otros problemas". Los otros problemas eran –serían- los relativos a la muerte. La suya y las de los demás, los infieles  occidentales.

  Es tranquilizador pensar que los islamistas suicidas nacen de la humillación y la pobreza. Pero Umar era hijo de un banquero y su devenir se desarrollaba sin privaciones. Un día, el Corán entró en su vida y todos sus dilemas se resolvieron. Algunos alaban el consuelo proporcionado por las religiones. Pues ahí lo tienen: el consuelo de matar y morir. Ni más ni menos.