Traducción inversa

La traición de los intelectuales

En 1927, Julien Benda criticaba, en La traición de los intelectuales, que estos hubieran hecho dejación de su propia condición para ceder a las lisonjas de los intereses políticos. Si alguien con la finura y el bagaje de Benda viviera hoy en España, podría publicar otro sesudo ensayo para dar cuenta de un curioso fenómeno: el abandono, por parte de muchos intelectuales, de sus creencias de juventud (usualmente izquierdistas) para convertirse en perfectos compañeros de viaje de los ultramontanos. Ejemplos hay demasiados, pero déjenme hablar hoy del caso de Gustavo Bueno, ese filósofo sin complejos que acaba de publicar El fundamentalismo democrático.

  Bueno tiene derecho a proclamar que "lo de izquierda o derecha son mitos desaparecidos", pero debería saber que eso es lo que siempre ha defendido  la derecha. Luego añade que "la ley del aborto es más corrupta que el caso Gürtel" o que "la democracia es una entelequia" y vamos entendiéndolo todo. No tiene miedo Bueno de que le acusen de "fascista" (eso dice en sus entrevistas) y la pregunta es: ¿Y por qué deberíamos acusarle de tal? Ponerse la venda antes de la herida ya es todo un síntoma; por si acaso, alguien debería explicarle al buen Gustavo que se pueden hacer muchas reflexiones sobre la democracia (también desde la filosofía política), pero que los "fundamentalistas" no suelen ser los que defienden este sistema, sino los que lo ponen en peligro (o en duda).

  Podemos estar de acuerdo en que la democracia es un sistema notablemente imperfecto. Pero, ¿cuál es la alternativa, Gustavo? ¿Una dictadura? Esto, me temo, ya no es filosofía…