Traducción inversa

Religión, política y banderas

A mediados de la semana pasada, Francisco Camps se marchó a Nueva York para visitar, entre otros sitios, la iglesia dedicada a San Vicente Ferrer. El president tenía mucho interés en colgar una bandera sobre ese altar y reivindicar el origen del santo, puesto que nació en Valencia aunque murió en Bretaña. Mientras Camps disfrutaba en la amalgama de política y religión que constituye su santo y seña más grotescamente genuino, este periódico realizaba una encuesta en toda España donde se preguntaba sobre la inmigración, distinguiendo en las respuestas a los consultados que se declaraban católicos de los que se identificaban como no creyentes. Los resultados de esta investigación son curiosísimos. Da la bendita casualidad que, en todos los casos, las respuestas menos solidarias era las de los católicos practicantes. Así, por ejemplo, el 41% de los amantes del cirio consideran a los inmigrantes un lastre para nuestra economía y el 47% creen que hay que cerrar la puerta a los extranjeros.

  Estamos tocando fondo, en efecto. Hemos llegado al punto en que cualquier ciudadano interesado en cultivar sus legítimas inquietudes espirituales debería alejarse lo más posible de las religiones actualmente existentes, en especial –en nuestro caso- la católica. Desgraciadamente, esta confesión milenaria sólo sirve ya para enmascarar los egoísmos de algunos privilegiados, cuando no para dar apariencia de integridad patriótica a personajes ideológicamente misacantanos como Camps. Por eso en las manifestaciones clericales se ven tantas banderas (y no sólo del Vaticano): hay mucha –pero mucha- vergüenza para tapar.