Traducción inversa

El pacto

   La idea del pacto de estado recorrió fugazmente la actualidad, como una gallina mareada, durante la pasada semana. Lo propuso CiU y hasta el rey, pero se murmuraba también, aunque sin distinguir sus matices de alta política, en las colas del INEM. Cuando hay cuatro millones de ciudadanos que no tienen nómina a final de mes, no se acaba de entender muy bien de qué hablan esos tipos altisonantes subidos a sus tribunas en el Congreso o en los corros de la prensa.

  En puridad, el pacto concierne más a la oposición que al Gobierno. Cuando en el imperio de José María Aznar no se ponía el sol, a un desconocido Rodríguez Zapatero, acabado de llegar al cargo, no le dolieron prendas para acordar con el ejecutivo todo lo que hizo falta. Ahora, cuando la situación exigiría de Mariano Rajoy una altura de miras parecida, éste se dispara en mil y una agresividades inanes, convencido quizá de que la crisis le dará lo que hasta ahora no ha obtenido: la abstención de los electores progresistas que le permita gobernar.

  Sólo en la Educación, donde el ministro Gabilondo ha empeñado su inmensa y circunspecta seriedad, florece una pequeña posibilidad para que se pueda llegar a algún tipo de compromiso razonable. En cualquier momento, sin embargo, Pedro Jota le puede enviar un fax a Rajoy exigiéndole, antes de firmar nada, que el acuerdo contemple el "derecho" de los padres conservadores a elegir la lengua de la escuela, y volveremos a estar como al principio.

  No hay pacto, pues, ni se le espera. Pero en las colas del INEM estas cosas se entienden mal. A lo mejor tiene razón Pedro Jota y es un problema de lenguaje.