Traducción inversa

Transición

En tercero de BUP, algunos de mis compañeros de clase llevaban una bandera española en la correa del reloj y cada 20N subían a un autobús con destino al Valle de los Caídos. Como yo estaba a favor de la democracia, la discusión estaba servida. Uno de esos alegres fachillas me dijo un día, muy serio: "Mira, vamos a coger a todos los socialistas, a todos los comunistas y a todos los separatistas y nos los vamos a cargar". Aunque tenía sólo 17 años, aquel muchacho atesoraba un odio radioactivo, que era capaz de concentrar en sus pupilas azules. Opté por mi mejor arma, la que más le cabreaba: la ironía. "Bueno -le contesté-, si hay que hacer limpieza, no te olvides de los votantes de UCD. Son la minoría mayoritaria, y parece que también son demócratas". Tras reflexionar un momento, me dio la razón con gran seriedad. "Pues a la hoguera con ellos". Sólo se salvaba la Alianza Popular de Fraga y, por supuesto, Blas Piñar.

  Ahora vivimos otros tiempos. O eso es lo que se supone, aunque suceden cosas bastante extrañas. ¿Qué pensar cuando al abrir el periódico se puede leer que Falange Española –el viejo partido fascista, que en cualquier otro país estaría ilegalizado- sale en rueda de prensa a pavonearse de sentar en el banquillo al juez Garzón? De pronto, el mundo se tambalea. Cualquier día de estos, en las webs o en las tertulias ultraconservadoras, en todos esos foros donde la derecha española se ha desmelenado y liberado de "complejos", alguien propondrá la solución final a los problemas de España, que no es otra que la de mi viejo colega joseantoniano. Y sonará tan natural como entonces.