Una mala persona

De todas las reacciones suscitadas por el ya histórico anuncio de Rodríguez Zapatero, una de las más pintorescas fue la de Francisco Camps. El sábado, al poco de divulgarse que el presidente del Gobierno central no se presentaría a un tercer mandato, el titular de la Generalitat Valenciana irrumpía en las radios y las televisiones para darse por aludido. Y entonces dijo –a grito pelado- que se congratulaba de la renuncia de Zapatero, porque este era –palabras textuales- “una mala persona”.

Hay que decir, en descargo de Camps, que los políticos en los actos públicos suelen decir muchas tonterías. Se suben a la tarima, se colocan detrás del atril, acarician el micrófono, olfatean al auditorio y empieza el espectáculo. El Molt Honorable, sin embargo, hace tiempo que fuerza el guión con salidas más que inverosímiles. Y eso le pasa desde que se destapó la trama Gürtel. Circulan por ahí (“por ahí” quiere decir en internet, como se recoge por ejemplo en el blog de Ignacio Escolar) inventarios ya célebres de sus frases, cada una superior a la anterior en absurdo y majadería. Ahora resulta que Zapatero no es culpable de no haber sabido capear la crisis, de recortar conquistas sociales o de plegarse a los mercados (críticas razonables), sino de ser “una mala persona”.

Me pregunto qué significa para Camps ser “una buena persona”. Quizá un político que exhibiera un poco de elegancia moral ante el adversario. Pero qué clase de elegancia –y qué clase de moral- puede tener alguien que se viste en Forever Young a cuenta de una trama corrupta…