Traducción inversa

La ternura del abuelo

En aquel tiempo el abuelo Camps solía sentarse en la cancilla de su huerta. Gustaba de adormecerse arrullado por el cacareo de las gallinas, mientras la brisa del mar le acariciaba la barba blanca. Contemplaba con satisfacción la lozana plantación de chufa, orgullo de sus desvelos telúricos. Todo su mundo estaba al alcance de los ojos: más allá no había sino vorágine y sinsentido. Fue entonces cuando Paquito, el nieto predilecto, se acercó a su abuelo. Llevaba en la mano un pedazo de madera –su más preciado cetro- con la que imponía majestad en aquel reino pequeño. El viejo le hizo un gesto.

"Mira, hijo" –le explicó. "Todo lo que ves aquí lo hemos conseguido con nuestro esfuerzo". Paquito se sorbió los mocos. "Tienes que ser bueno y no debes decir palabrotas, ni robar, ni desobedecer a tu madre", continuó el abuelo. "Nosotros somos los elegidos de Dios: Él nos ha entregado la tierra y somos sus fieles depositarios". Paquito pensó en silencio qué querría decir "depositarios". El viejo le puso la mano en el hombro y le buscó la mirada. "Dios castiga a los que se alzan contra él. ¿No ves a Pepito, que no tiene abuelo? Su abuelo era malo y Dios lo fulminó. Aprende la lección". Paquito sintió entonces en su bolsillo el peso de las canicas que le había robado a Pepito. Robar era ir contra el Señor pero, si al abuelo de Pepito el propio Dios lo había castigado, ¿eso no lo exoneraba a él? Sintió una emoción contradictoria dentro de su pecho, pero calló. El abuelo volvió a su hieratismo. Paquito entró en la barraca. El viento anunciaba lluvia.