Traducción inversa

El ángel y el Führer

El otro día volví a ver El cielo sobre Berlín, de Wim Wenders (1987). No la había revisado desde que se estrenó. Es un título que despertó variedad de opiniones críticas. A mí me gusta. Siempre me resultó interesante el cine de Wenders. Contemplado ahora, sin embargo, El cielo sobre Berlín contiene un elemento en el que no reparé durante el primer visionado. Se trata del rostro de Bruno Ganz, el ángel caído que se enamora de la trapecista.

Este actor suizo ha tenido un extraño destino. Su sólida apostura juvenil (el mentón aguerrido, la nariz ancha) se remodeló con el tiempo. Las mejillas y la barbilla adquirieron una burbujeante plasticidad arcillosa. Las arrugas bajo los ojos le dieron un aire intelectualmente penetrante que la otra mitad de su rostro se obstinaba a trocar en la apariencia de un viejo boxeador, duro pero no rencoroso. Entonces Oliver Hirschbiegel lo eligió para interpretar a Adolf Hitler en la película El hundimiento (Der Untergang, 2005), que recrea los últimos días del dictador en ese Berlín a punto de convertirse en la ciudad esquizofrénica de la obra de Wenders.

Lo que había ocurrido, sencillamente, es que el rostro de Ganz se había ido transformando hasta llegar a ser la máscara exacta de Adolf Hitler. Como le suele ocurrir a algunos actores, su magistral interpretación del Führer reveló una semejanza facial definitiva. Parecía como si toda su vida hubiera estado a la expectativa de un papel como ése. Y por eso ahora, cuando yo lo revisitaba en El cielo sobre Berlín, no veía en él al ángel Damiel. Veía a Adolf Hitler.

Supongo que es injusto que esto le pase a un actor que ha representado tantos y tan buenos papeles. Pero propicia lecturas incitantes. Al fin y al cabo, el Berlín de la película de Wenders tiene un halo fascinante, a sólo dos años de la caída del muro. Hitler se suicidó en 1945 pero su auténtico certificado de defunción no se expidió hasta 1989, cuando Berlín dejó de ser una ciudad bifronte y volvió a convertirse en la capital de la Alemania unida. A veces la historia se aletarga y propicia zonas muertas, que se acaban resolviendo de un plumazo, como si el impasse, en lugar de durar 44 años, hubiera durado 44 minutos.

Toda su vida –sin saberlo- esperó Bruno Ganz para encontrar el papel que mejor se correspondía a su rostro. Y esa máscara ya se le ha pegado para siempre.