Traducción inversa

Obituarios

La muerte de Manuel Fraga ha vuelto a poner en solfa ese género tan peculiar y tan fascinante que es el obituario. Es evidente que, salvo extrañas excepciones, casi nadie se aventura a trazar una necrológica corpore in sepulto que vaya mucho más allá de la alabanza genérica y las buenas palabras. Siempre hay desalmados, por supuesto, especialistas en hacer leña del árbol caído, pero incluso para eso hay que tener la autoridad moral de aquel director de cine que, cuando murió Klaus Kinski, explicó con mucho detalle el infierno en que el actor alemán convirtió el rodaje de su película, terminando con estas palabras: "Fue un hijo de puta. Descanse en paz".

Tiene su lógica el tono hagiográfico que tiñe habitualmente los obituarios. Al fin y al cabo, nadie es nada y, si alguien tiene alguna duda al respecto, sólo hay que esperar al último suspiro para comprobarlo. La muerte nos pone a todos la misma etiqueta colgando del dedo gordo del pie, y no importa si ambicionamos conquistar el mundo o sólo quisimos pasar las tardes de invierno en un ático con sol.
Ya se ha dicho todo sobre Manuel Fraga. Con Franco pasó por ser un liberal y con la democracia un conservador recalcitrante. La contradicción en sí no es punible (es simplemente humana), y su interpretación política es más que evidente. No creo que sea mi misión ni indultar ni condenar a Fraga. Ahí están los hechos. Ahora mismo, sólo es un cuerpo que inicia su corrupción. En vida expresé claramente lo que pensaba de él, y no es este el momento de repetirlo. Ahora empieza el silencio.