Traducción inversa

El silencioso drama valenciano

Francisco Camps será juzgado por presunto cohecho, de acuerdo, pero no se olviden ustedes del poder taumatúrgico de las últimas elecciones. Él y otros de su estirpe penetraron en ellas con toda clase de lastres, y salieron del trance ligeros y bronceados. Como se encargan de recordarnos cada día sus poderosos altavoces, el PP ganó esos comicios y Rajoy extendió un manto general de indulgencia sobre sus huestes.  Me gustaría,  no obstante, llamar la atención sobre otras consecuencias igualmente indeseables de esta absolución plenaria. Recordarán la polémica de Educación para la Ciudadanía. Camps, nuestro Molt Honorable Maniquí, se empeñó el curso pasado en que la asignatura se impartiera en inglés, pero tuvo que dar marcha atrás ante la corajosa respuesta de la comunidad educativa. Libre de todo pecado tras la contienda electoral, sin embargo, ahora anuncia de nuevo no sólo la patochada británica, sino la introducción en las aulas del chino mandarín (sic).  Este chico, claro, hará lo que sea excepto lo que sería su obligación: asegurar que todos los alumnos que quieran estudiar en catalán/valenciano puedan hacerlo. Ahora mismo, hay cien mil escolares que no reciben clases en catalán por la desidia de la Generalitat. Cien mil, sí. No recuerdo, por cierto, ninguna brillante portada en la prensa patriótica deplorando esta conculcación salvaje de los derechos individuales. Organizan la tercera guerra mundial porque en Cataluña hay 23 padres (¡23!) que han pedido la enseñanza en castellano y se ciscan en cien mil valencianos que la quieren en catalán. Pues nada, tres padrenuestros y diez avemarías.