Traducción inversa

El obsequio

Verán ustedes, yo fui alcalde de Chicago. Eran años turbulentos, pero magníficos. Todos guardábamos, ya me comprenden, una petaca en el segundo cajón, porque la vida sin güisqui y sin mujeres no tiene demasiado sentido. De las mujeres hablaremos otro día. El güisqui es un tema fácil, aunque se complicó. En mi país –un país de puritanos- estas cosas siempre acaban complicándose. No me entiendan ustedes mal: yo soy un metodista acérrimo, y no falto nunca al oficio religioso. Dios lo ve todo, desde alguna parte, y sabe bien el sentido de nuestras obras. Cuando llegó la primera caja de Johnnie Walker, es obvio que me sorprendió. La ley seca estaba destrozando las gargantas de toda una nación, así que aquella endemoniada malta escocesa era una tentación demasiado grande como para rechazarla. El tipo, Al Capone, fue siempre muy amable conmigo. A la primera caja de Johnnie Walker siguieron otras, rigurosamente de importación. ¿Qué tiene de malo que un alcalde se alegre un instante, entre mil quehaceres diarios, con un sorbo de ese líquido fantástico? Luego está todo el asunto de la leyenda de Al. No he leído nada sobre él, sin embargo, que le haga justicia. Ni me gustó aquel actor, Robert de Niro, que lo retrató para el cine como un loco maniático y violento. Al era un hombre amable y comprensivo, y no sé nada de todo lo que se le atribuye. Ni siquiera le echo la culpa de que me inhabilitaran para ejercer cargos públicos por culpa de sus regalos.  Ahora, centenario, vivo retirado en Alicante y asesoro al presidente de la Generalitat Valenciana. Es buen chico, pero, ¡tiene tanto que aprender!