Huelga a la huelga

Meses pidiendo desde el ultramonte a los sindicatos que no fuesen gallinas, y cuando se convoca la primera huelga de fuste, las centrales reciben como premio una lluvia de collejas. Sobre todo, claro, porque fue un fiasco, y a nadie le gustan los burros perdedores. La Razón, que hasta anteayer iba en vanguardia del azuzamiento sindical, se refocilaba en su editorial: “El 8-J, primer paro general contra Zapatero, ha probado que el país no cree en huelgas generales ni las necesita. Lo que pide es un cambio político que genere la confianza imprescindible dentro y fuera de nuestras fronteras y que sea capaz de impulsar las reformas estructurales necesarias para reactivar la economía”. Si lo sabrá ellos.

Idéntico cambio de acera en ABC, que se complacía en primera del gatillazo de la movilización que había alentado. “El paro de funcionarios fracasa como ensayo de la huelga general”, señalaba como preparación para un editorial de desmarque titulado “No con estos sindicatos”, donde decía que el fracaso “no se debió tanto a la falta de razones por las que los funcionarios se sienten agraviados y puestos en la picota de la opinión pública como al descreimiento generalizado sobre la autoridad moral de los principales sindicatos para liderar una protesta laboral contra el Gobierno”. Eso fue porque se convocó mal. El columnista del vetusto diario, Ignacio Camacho, lo habría hecho mejor: “Como agitadores del descontento -que sí existe y es notorio- los sindicatos han quedado regular, y su exhibición de musculatura social ha flaqueado”.

Qué bien que salió tan mal

Eso era precio de amigo. Desde su trinchera de El Mundo, Federico Jiménez Losantos gastaba calibre verbal más grueso: “Calificar de rotundo fracaso la huelga general de funcionarios convocada por los sindicatos es quedarse corto. Catastrófico, terrorífico, aplastante o apocalíptico le cuadrarían más”. Pero no hay mal que por bien no venga, como concluía el pragmático editorialista del diario de Pedro Jota, que veía en la huelga fallida una oportunidad para afilar la guadaña: “Zapatero tiene las manos libres para llevar a cabo una reforma del mercado laboral profunda y no cosmética”.

Para Cope, negocio redondo. De un solo tiro, dos pájaros caídos: “Lo que ha sucedido hoy puede ser el síntoma de que entre la sociedad española se incrementa un doble rechazo: Zapatero no, pero estos sindicatos tampoco”, se felicitaba el editorialista episcopal. ¡Bien!