La trama mediática

No hablemos de sexo

Ya era bastante atrevido lo de la semillita que papá dejaba en la tripa de mamá, como para que venga la panda de sátiros gobernantes con la idea de llevar a las aulas la educación sexual. Carpetovetonia se planta y denuncia al lúbrico ejecutivo: "Hay algunos ministros de este gabinete que desean imponer la pedofilia educativa y el voyeurismo. Llevar la asignatura sexual a los infantes de tres años desvela el psicoanálisis de los ministros Ángel Gabilondo y de Trinidad Jiménez Villarejo, creo que necesitados de bromuro en el agua mineral", se explayaba ayer Martín Prieto -sí, él- en La Razón.

Eso era la versión con sacarina. Dos cuadras a la derecha del periódico de la mancheta azul, en Libertad Digital, el inefable Pío Moa ponía el grito en un cielo aún más alto: "Una 'educación sexual' en manos de delincuentes como los políticos actuales no me parece, francamente, que pueda producir otra cosa que delincuentes semejantes. Tal educación sexual se llamaba en otros tiempos perversión de menores". Si creen que lo de exterrorista no es superable, verán que queda casi versallesco al lado de la descarga de bilis de Juan Bosco Martín Algarra en La Gaceta. Cuerpo a tierra: "A mis hijos tú no los vas a educar, Trini, y menos en cuestiones de pitología. porque lo que tú piensas sobre el sexo me da asco, Trini. ¿Te enteras de una maldita vez, Trini? Asco. Me da, y nos da (a miles de españoles), un asco gigantesco".

Elogio de la santa ira

Eso está a la altura del mismísimo Juan Manuel De Prada, que ayer contaba en ABC que se le habían puesto los pelos como escarpias al ver a un sacristán expulsando de una iglesia a un turista con pantalón corto al grito de "Tú, cerdo, vete a hacer fotos a la pocilga de tu casa, donde tu madre te dejará ir vestido como un mamarracho". Tras la narración del edificante episodio, el corolario pradiano: "Transido de emoción, me arrodillé y rogué fervorosamente a Dios que concediera muchos años de vida a aquel sacristán, y que le mantuviera incólume la virtud de la santa ira".

Si es cierto que la mala leche es vehículo de santidad, pronto tendrá sitio en los altares Salvador Sostres, que les mandaba desde su columna en El Mundo este recado a los activistas españoles apaleados en Marruecos: "Lo que resulta absurdo, e inadmisible por cierto, es la sorpresa, esas exclamaciones de indignación como de niña tonta en medio de una orgía". La pieza se titulaba "¿Qué os esperabais?"