Transbitácora

Día cero de mi transición de género

Terry Mederos. Foto: Alicia Mederos.

Tengo 53 años. O cinco. Vuelvo a esa edad en la que te autoafirmas en tu identidad sexual, porque todo tu ser le grita al mundo que eres niño o niña.

Dice la ciencia que, posiblemente, eso lo dicta el cerebro. No depende de los cromosomas, de los genitales ni de tus caracteres masculinos o femeninos externos. Sino del momento en que te llegó el baño de hormonas a las neuronas cuando aún estabas en el vientre de tu madre. Así que el cuerpo no entiende de identidad: está en la cabeza.

Las criaturas, vestidas, son difíciles de distinguir por su sexo cuando son pequeñas. Aún no han llegado al momento en que saben lo que son y fijan su identidad sexual (alrededor de los cuatro o cinco años). Pero ahí viene en irónico rescate la construcción de género, que desde el primer momento nos divide en A o B, según te sexan al nacer. El azul o el rosa, los pendientes o la falta de ellos, ayudan a la sociedad a redondear rápidamente el sexo del bebé por señales externas. 

No debería ser más importante el sexo al que perteneces que el color de tus ojos. Pero lamentablemente, en nuestra cultura ser hombre o mujer va a determinar generalmente cómo se trata al bebé (forma de vestir, tono al hablarle) al niño o niña (psicomotricidad, juguetes, proyección de sus capacidades) y a la persona (oportunidades laborales, salario, roles domésticos y parentales). Si esto lo viera un extraterrestre, probablemente no entendería nada. Pero a una gran parte de los terrícolas, desgraciadamente, le parece algo natural.

Sea como fuere, más allá de las desigualdades de género, hoy me quiero centrar en las de sexo. Y en la cuestión trans.

Qué difícil tiene que ser para las niñas y niños transexuales esa lucha contra la sociedad. Y para sus familias. Un hecho traumático que marcará su mundo interior para siempre. Y si son mujeres trans, también el exterior. Porque el baño de testosterona lo tapa todo, y por eso el hombre transexual se integra en la sociedad como uno más. Por contra, los estrógenos de la terapia hormonal no tienen potencia para dar vuelta a los caracteres externos masculinos, y el fácil reconocimiento de las mujeres trans -cuya voz, mandíbula, nuez y estructura ósea son indisimulables- las condena a las orillas de la vida. Rechazadas por su entorno familiar, y abocadas con demasiada frecuencia a no tener un trabajo digno -engrosan por desgracia las filas de la explotación sexual- ni una vida feliz.

La transexualidad es una condición ampliamente conocida por la sociedad, aunque quede mucho camino para la igualdad. Pero la trans no solo es una identidad que choca con estructuras conservadoras, sino también con colectivos como el feminismo clásico. Porque determinados planteamientos trans podrían contribuir al llamado "borrado de las mujeres", y eso se da de bruces con la lucha contra el patriarcado que tantas generaciones de activistas hemos mantenido. 

Por otro lado, hay quienes no se sienten a gusto dentro de ese binarismo obligado de hombre o mujer, y no se consideran ni una cosa ni la otra. Son las personas no binarias. En algunos países son reconocidas por la ley, como en los casos cercanos de Alemania y Holanda, o Nueva Zelanda, Australia y Canadá. En Asia hay una larga tradición con los llamados ‘hijra’, o personas del tercer sexo, que han sufrido una discriminación histórica a la que las leyes han querido poner fin en la India, Nepal, Pakistán o Bangladesh.

En España la cuestión es muy reciente. Y el anteproyecto de ley trans que tramita el Gobierno no incluye referencia alguna a las personas no binarias, quizá entendiendo que hace falta un debate más a fondo. Mientras tanto, la existencia de esta identidad sigue siendo desconocida para el gran público.

Siempre he escuchado que las criaturas trans saben que lo son desde bien pronto. También he aprendido de testimonios de algunas personas transexuales adultas que, si la sociedad reconociera su sexo sentido, no se habrían planteado hormonarse ni operarse.

Entonces, ¿pueden ser las operaciones de reasignación de sexo una manera de obtener reconocimiento social, a base de encajar en la norma? ¿Tan importante es esa necesidad como para pasar por costosas intervenciones, aprender a hablar de otra manera, hacer un largo periplo administrativo o perder el disfrute de una parte capital del cuerpo, en pro de tener lo que el resto tiene?

Y las personas de género neutro, o no binario, ¿cómo quieren ser reconocidas? La lucha por escapar del binarismo choca con una tendencia ancestral en la especie humana, que aprende a sexar a primera vista a las personas desde la infancia.

Por mi parte, hace unos meses descubrí que podría ser una persona de género neutro. Desde entonces huyo de los pronombres femeninos, y he cambiado mi nombre, toda una declaración de intenciones. Pero como en los videojuegos en los que vas desbloqueando opciones a medida que avanzas, se me abren nuevas vías por el camino. Y sé que no encontraré respuestas si no las transito.

Así que hace unos días pedí cita con la Unidad de Atención a las personas Trans. Qué emoción me ha dado saber que el martes podré hablar con un equipo de profesionales que probablemente no me cuestione, que no me juzgue, y que quizá me ofrezca recursos para abrir puertas desconocidas.

Aún no sé lo que soy, no dejo de ser consciente de ello. Pero sí tengo claro que la transexualidad tiene muchos prismas distintos. De modo que me planteo explorar el camino en abierto, compartiéndolo con la comunidad de Público, y trayendo a este blog -y a mi vida- las opiniones de personas expertas en sexología, en género, en tránsitos y en otras cuestiones que aporten luz.

Soy Terry Mederos, especialista en transformación digital e innovación dentro de la administración pública. Me interesa mucho el compromiso social, después de una larga trayectoria en el activismo feminista y LGBTI. Este espacio en el que escribo nace de una necesidad personal de comprender, y compartir por si es útil para otras personas, mi actual camino de mujer lesbiana a persona trans.

A lo largo de ocho semanas, contaré en primera persona el proceso psicológico, familiar y social que conlleva el replanteo del género con el que he convivido durante medio siglo como mujer, esposa, madre de familia numerosa, trabajadora y directiva. Y lo haré buscando la compañía y los recursos que me puedan aportar personas expertas en el mundo de la sexología, la psicología, el género, el feminismo y el activismo trans, entre otros. Sin olvidar el lado más humano de quienes viven estos procesos de primera mano: las parejas y las familias de las personas en tránsito. Para la mía va a suponer, sin duda, un cataclismo. Espero que el recorrido valga la alegría, no la pena.

Hoy es mi día cero. ¿Me acompañas?