Transbitácora

Día veintiuno: transitar en el amor

Imagen de la boda de Terry Mederos y María. T7 Fotógrafos.

Estoy haciendo parte del proceso de transición de género en las consultas profesionales. Pero reconozco que el verdadero laboratorio está en casa. Una probeta en la que entramos mi mujer y yo con la cuadrilla al completo: una hija a punto de empezar la universidad, un hijo adolescente, y dos de once años que ya opinan sobre todo lo que se tercie. Nuestra casa es un verdadero parlamento donde cada día, a la hora de la cena, debatimos, deshacemos y arreglamos el mundo después de que nuestra muchachada nos haya lapidado un rato con su ironía adolescente, actividad que se ha convertido en deporte familiar. Lo bueno es que, a base de ponernos en el paredón, hemos aprendido a tomarlo todo con mucho humor, y a reírnos de nosotros mismos a diario.

María y yo formamos una familia reconstituida, con hijos por las dos partes. Por increíble que parezca, nos conocimos porque ella fue la matrona del parto de mi segundo hijo, hace 15 años, y quien me puso en brazos a mi bebé. Aunque sale en las fotos y videos familiares de ese día, ya no volvimos a vernos. Hasta que años más tarde, ambas separadas ya de nuestras parejas anteriores, María leyó una entrevista que me hacían en un periódico local como activista LGBTI y me localizó para hacerme una consulta legal. Aquel café para el que íbamos a quedar, el destino lo cambió caprichosamente por una ruta de la tapa, por eso de que La Laguna estaba en fiestas… Y calculo que antes de llegar a la tercera tasca aquella noche, ya nos habíamos enamorado sin remedio.

Es imposible conocer a María y no dejarse llevar por la alegría y la humanidad que desprende. Cuando nació su hijo mayor dejó el paritorio del hospital para criarlo, y desde entonces se dedica en cuerpo y alma a un considerable cupo de mujeres en una zona rural de la isla, muchas de ellas inmigrantes de más de doscientas nacionalidades. Con su buen resultado en las oposiciones regionales pudo haber elegido un centro de salud en la ciudad que le viniera cómodo. Pero decidió trabajar donde más la necesitan, y acompañar a mujeres con pocos recursos para velar año tras año por su salud sexual, reproductiva, emocional y hasta espiritual, como yo le digo a veces. Porque ella es una mujer medicina para el alma de quienes estamos cerca.

Juntas formamos desde el principio una pareja de lesbianas visible y comprometida con el feminismo, los derechos LGBTI y las causas sociales. Y cuando María decidió convertirse en sexóloga, esos dos años de estudio profundo nos cambiaron la mirada. A ella, ampliando la atención a sus mujeres desde un conocimiento nuevo. Y a mí, porque a través de cientos de lecturas compartidas descubrí caminos inexplorados. Por primera vez, además, me sentí libre para jugar con los límites de mi identidad de género. 

Ya en nuestra boda, un año antes, habíamos creado  una realidad inspiradora. Estábamos ebrias de amor, y queríamos una celebración consciente y visible. La preparamos durante meses, dedicando cada fin de semana a una de las parejas o familias invitadas. Fue un tiempo precioso, previo a la boda, para volver a estrechar lazos que con los años se habían ido aflojando. Esa energía en torno al mundo de María y al mío nos hizo conocernos muchísimo más, traer nuestras biografías al presente y actualizarlas con las personas queridas de nuestra vida, que pasaron a formar parte de nuestro patrimonio inmaterial como pareja.

Para nosotras, más allá de ser una expresión del amor que nos tenemos, el matrimonio supuso la aceptación explícita de nuestra pareja y familia LGBTI. No bastaba con que la boda fuera legal: queríamos disfrutar, gritarlo a voces, besarnos a la luz del día y transmitir la pasión de nuestro vínculo con el mismo orgullo con el que lo hace cualquier pareja normativa que se quiera. Porque lo que no se nombra no existe. Pero ese día nuestras hijas e hijos sintieron que hay un sitio para ellos en la sociedad, y que ese lugar tiene brillo y glamour, no sólo incertidumbre y miedo a la diferencia. Aún tengo grabado a fuego el discurso inequívoco de María, reivindicándome públicamente como su amor, su amiga y su amante. Las palabras empoderadas de la concejala que nos casó, una mujer como autoridad máxima ese día. Y también  mi rol, con la expresión de género abiertamente masculina que me permití para la ceremonia.

Puede parecer una anécdota sin más. Pero el álbum de la boda es, de todos los de  mi vida, el único que me hace sentir bien. En el resto veo a una persona disfrazada, intentando cumplir con un papel que no es suyo. Ese rechazo visceral ante la autoimagen, la disforia ante una expresión de género que te resulta ajena, es una bomba interna de relojería. 

Aplaudo a las criaturas que con pocos años expresan de forma natural su disidencia de género, y a las familias que las dejan ser, sin intervenir y sin coartar. Yo me expresé sutilmente, y en un entorno tan normativo que me mandaron a callar sin miramientos. No me quedó otra que meterme en el armario de la identidad, donde he vivido en el limbo hasta anteayer, por miedo a defraudar a mis padres y a todo mi entorno.

Cuando hace dos años conocí de cerca a una persona trans no binaria a través de María, alguien que vive su realidad sin sentirse hombre ni mujer, una pequeña bombilla se encendió dentro de mí. Esa lucecita se quedó ahí dentro, sin más pretensiones, pero sin llegar tampoco a apagarse. Y en octubre pasado, ante un artículo importante que estaba escribiendo, sentí que tenía que firmarlo con mi nombre sentido, elegido pocos días antes. Desde entonces no he usado otro. Y mi necrónimo, mi antiguo nombre, ha pasado a ser un elemento extraño en mi vida.

Eso que parece fácil, el empezar un camino que no sabes bien adónde lleva, provoca un tsunami emocional en la vida de cualquiera. Sin contar con que la marea cubre a tu familia entera. Muy especialmente, a tu pareja, si la tienes. Porque tú transicionas por una necesidad interior que te estimula, buscando tu bienestar. Pero a tu pareja la descolocas, le cambias las reglas del juego sin preaviso;  y la nostalgia de tu ser y hasta de tu nombre se vuelve duelo. No es nada fácil.

Yo era una mujer lesbiana, y ahora transito hacia el sexo contrario. En la parada anterior supe que mi expresión de género es de hombre, y que en adelante quiero vestir y nombrarme en masculino. Aunque aún no tengo claro si mi sexo sentido es ese o me bajaré antes, en la estación del género neutro. Todavía queda camino por hacer, y piezas que colocar en mi puzzle interior.

Pero mientras yo lucho quijotescamente con aparentes molinos, María se enfrenta a la vida real  junto a  un ser mutado. Sin saber muy bien dónde están los límites del amor y la atracción, ni dónde la sitúa a ella, como lesbiana, que su pareja deje de ser una mujer.

En estas semanas no paramos de hablar, de forma incesante. Nos escuchamos con enorme interés, intentando entendernos mutuamente sin renunciar a nuestra esencia personal. Está siendo un proceso agotador, pero a la vez tremendamente honesto. Por eso creo que escucharla, aunque sea en un breve resumen, es una aportación que puede ser valiosa para otras personas que estén en búsqueda; nadie mejor, como pareja en tránsito, para contar en primera persona las luces y las sombras de esta andadura. Les invito a escucharla en su propia voz. Poniendo palabras al sentimiento de quienes pierden a su pareja sin que se haya ido de casa, y no saben si resurgirá el amor de entre los jirones del capullo de seda.

Yo me siento en deuda con su apoyo incondicional. Y me alivia también saber que, a pesar de lo difícil del proceso, ella no deja de escucharse a sí misma para no traicionarse por el camino. Porque la verdadera sabiduría se aplica en carne propia. Lo contrario es vivir en un eslogan de Mr. Wonderful. Y con eso, créanme que el batacazo llega antes o después.  

Gracias, María, por renunciar hoy a tu preciada intimidad para ayudar a quienes necesitan un cabo de cuerda que les permita salir del laberinto. Todo mi amor y mi admiración son para ti.